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viernes, 24 de mayo de 2013

Beata Mª Ángela Astorch

Ejemplo de espiritualidad litúrgica y eclesial


Huérfana de padre y madre, ingresó muy joven en el monasterio de las capuchinas de Barcelona, donde emitió su profesión en 1609. Cuando tenía 21 años de edad, la mandaron a Zaragoza como maestra de novicias. Después de haber gobernado este monasterio como abadesa, en 1645 fundó el monasterio de Murcia. Tuvo en alto grado el don de la contemplación, alimentada particularmente en la meditación de la Liturgia de las Horas, y al mismo tiempo una caridad solícita hacia las hermanas. Fue beatificada el 23 de mayo de 1982 por Juan Pablo II.
La noticia de la beatificación de María Ángela Astorch, al esparcirse en 1981, cogió de sorpresa aun a las comunidades de capuchinas. Ya casi nadie la esperaba: habían pasado más de tres siglos desde su muerte, ciento treinta años desde el decreto de la heroicidad de las virtudes, más de un siglo desde la realización del milagro que había de servir para su glorificación. Parece como que Dios reservaba el momento propicio para darla a conocer con su mensaje peculiar, ese distintivo que movió a Juan Pablo II a presentarla a la Iglesia del postconcilio como la mística del Breviario, en el acto solemne de la beatificación del 23 de mayo de 1982.
María Ángela es, por orden cronológico, la primera capuchina llegada a los altares, si bien se le adelantaron las otras dos que vivieron después de ella: santa Verónica Giuliani (1727) y la beata María Magdalena Martinengo (1737), y la beata Florida Cevoli.
Ella misma nos ha dejado su propia historia y su singular experiencia espiritual en los relatos autobiográficos, escritos por orden de sus confesores, y en sus cuentas de espíritu, continuadas durante más de treinta años. Existen, además, las declaraciones de las religiosas en el proceso informativo, incoado en 1668.

La huerfanita precoz
El 1 de septiembre de 1592 nacía en Barcelona Jerónima, cuarto vástago del matrimonio Cristóbal e Isabel Astorch. Su padre, que pertenecía al gremio de libreros, desempeñaba un cargo público importante. Su madre, heredera de una cuantiosa fortuna, era una dama de acendrada religiosidad.
Doña Isabel falleció en 1593, cuando la pequeña Jerónima contaba apenas diez meses. Hubo de ser confiada a los cuidados de una nodriza en el pueblo de Sarriá. Cuatro años más tarde moría don Cristóbal. La huerfanita creció hasta la edad de nueve años en casa de su aya, que la quería como una verdadera madre. Escribe ella recordando aquellos años: «Era yo la alegría y el entretenimiento de todo el lugar. Mi esparcimiento era jugar con pájaros, los cuales tenía en abundancia y muy hermosos, y con las aves del cielo. Y, a las tardes, tomar la fresca con la luna, saliendo a lugares solos de mucha arboleda...».
Frisaba en los siete años cuando un día, por haber comido «almendrillas verdes», se puso tan mala que todos la dieron por muerta y aun se hicieron los preparativos para el entierro. Ella, en sus memorias, atribuye reiteradamente a la intercesión de la Madre Ángela Serafina y a la intervención prodigiosa de la Virgen María el haber vuelto a la vida. Desde entonces -escribirá más tarde- «corre mi vida por cuenta de esta divina Señora». Y añade: «Mi niñez no fue sino hasta los siete años: de éstos en adelante fui ya mujer de juicio y no poco advertida, y así sufrida, compuesta, callada y verdadera».
A los nueve años la tomó bajo su responsabilidad uno de los tutores. Aprendió a leer y hacer labores. Se despertó en ella una afición incontenible a los libros, en particular a los escritos en latín. Ella misma afirma que dejaba admirado al maestro, que le daba lección, por la prontitud de captación y su fácil retentiva.

A la escuela de Madre Ángela Serafina Prat
El 16 de septiembre de 1603, con once años recién cumplidos, Jerónima era recibida en el convento de las capuchinas de Barcelona; el obispo en persona, don Alonso Coloma, la entregó a la fundadora, Madre Ángela Serafina Prat. Esta santa mujer había reunido en 1589 a un grupo de jóvenes colaboradoras, la más adicta de las cuales era Isabel Astorch, hermana mayor de Jerónima. Dos años más tarde obtuvo del nuncio pontificio la erección canónica de un convento de capuchinas, que desde febrero de 1603 tenía sus constituciones propias. Las vocaciones afluían numerosas, atraídas por la austeridad de vida, retiro y fervor de las religiosas, no menos que por la fama de santidad de la fundadora.
Nuestra jovencita, que recibió el nombre de María Ángela, no cabía de gozo al verse en aquel recinto de santidad, donde se conjugaban armoniosamente el rigor de la penitencia con un clima familiar de sencillez y de alegría. «Lo primero que puso Dios en mi corazón -escribe- fue el parecerme las religiosas santas. Hasta el hablar unas con otras y hasta cualquier ruido que oía en casa, todo me sabía a santo. Y así me causaba todo gran devoción... Mi corazón estaba tal, que me apasionaba en querer seguirlas en todo cuanto alcanzaba a ver o saber de mortificaciones o penitencias...»
Tuvo la fortuna de hallar un guía espiritual a su medida en el sacerdote aragonés mosén Martín García, forjado por muchos años en la vida eremítica. Ella le abría candorosamente su espíritu y él la iba encaminando inteligentemente hacia una piedad cada vez más interiorizada hasta introducirla de lleno en la oración mental y en la contemplación infusa. María Ángela tomó como modelos vivientes a su venerada Madre Ángela Serafina, de altas experiencias místicas, y a su propia hermana sor Isabel, favorecida asimismo con dones superiores.
En cambio, tuvo que soportar la incomprensión, la dureza y hasta los malos tratos de una maestra, inmadura y celosa, que no perdía ocasión de humillarla. Le daba en rostro todo lo que a las demás, especialmente a la fundadora, les caía en gracia en la benjamina: su voz sonora y armoniosa en el canto coral, su conocimiento de los textos litúrgicos, sus modales comedidos, sus salidas de persona mayor, hasta sus actos de virtud. María Ángela sufría en silencio y se esforzaba por corresponderle con dulzura y sumisión, pero no estuvo en su mano dominar la incompatibilidad con la maestra: «Era en todo opuesta a mi natural y condición -declara-; siempre me hacía horror vivir con el modo de ser dicha sierva de Dios».
Hubo otra causa particular de sufrimiento: su pasión por los libros en la lengua latina. Al entrar en el convento había traído consigo los seis tomos del Breviario, que se había hecho comprar previamente. Se hallaba ya entonces familiarizada con los latines de la oración oficial de la Iglesia, que será en adelante su alimento espiritual y su consuelo. Toda su gloria era verse rodeada de libros en latín. Niña como era, se entretenía a veces amontonando los breviarios y diurnales, que las hermanas tenían en el coro. Quedó desconsolada el día que le quitaron los tomos de su Breviario; el confesor hizo que le quitaran todos los libros en latín, y le prohibió servirse de textos bíblicos y litúrgicos en esta lengua cuando platicaba con él en el confesionario. Lo sorprendente era la propiedad con que los aplicaba y el conocimiento que demostraba de la lengua litúrgica.
Cinco años hubo de pasar en calidad de aspirante, pero en régimen de noviciado. El 7 de septiembre de 1608 dio comienzo al año canónico de prueba bajo la dirección de su hermana sor Isabel, nombrada por la fundadora en sustitución de la maestra anterior. «La primavera de mi espíritu», llama aquel tiempo de intensidad contemplativa y ascética, para el que tomó como abogado y guía al evangelista san Juan. Ella misma nos ha dejado un esbozo de los sensatos criterios formativos de su santa hermana; inculcaba la responsabilidad personal: cada novicia había de llegar a ser «maestra de sí misma». Lejos de mimar a su hermanita, se mostró con ella calculadamente seca y hasta huidiza. Esto y las tentaciones y pruebas de espíritu que la afligieron en ese año la ayudaron a madurar internamente. Entre otras molestias del enemigo, una fue la tentación de pasarse a otra Orden de ritmo más monacal y solemne, «para vacar más libremente a la oración y lectura de libros espirituales».
Por su cultura superior y su madurez, fue encargada de instruir a sus compañeras de noviciado. Y esto también le atrajo su dosis de mortificación; la apodaban la «maestrita».
La vida de la fundadora, Madre Ángela Serafina, tocaba a su fin. El 15 de diciembre de 1608 reunió por última vez la comunidad en capítulo; en él propuso a votación la admisión de sor María Ángela a la profesión; no quería morir sin estar segura del futuro de su novicia predilecta, de la que tanto esperaba. Ese mismo día hubo de guardar cama y el 24 de diciembre expiraba santamente entre el llanto de todas.
Apenas concluido el año canónico, el 8 de septiembre de 1609, sor María Ángela emitió su profesión. Continuó su formación como joven profesa, siempre bajo la guía de su hermana Isabel, ahora nombrada «maestra de jóvenes», y bajo la dirección espiritual del buen mosén Martín García. Siempre recordará aquellos años felices en que vivió de continuo en un ansia incontenible de Dios, dándose sin trabas a la lectura y a los ejercicios de humildad y de mortificación. Con su hermana y con otras dos compañeras hizo un pacto «de hermandad muy íntima y de desafío», bella porfía de generosidad, en que no faltaba la rigurosa corrección recíproca acompañada de eficaces reparaciones en privado y en público.
Todo se hacía bajo el control paternal del anciano confesor, atento a moderar lo que pudiera haber de excesivo en aquellos fervores juveniles. No dudó en concederles dos días más de comunión semanal sobre los que tenía la comunidad, satisfecho como estaba del adelanto espiritual de las tres.
He aquí cómo recuerda, en su lenguaje siempre expresivo, los goces de su espíritu, especialmente en la contemplación bíblica:
«En este tiempo era mi alma un remedo de mariposa, de noche y de día, ardiendo en fuego vivo y sed insaciable en busca de mi Dios... Sólo le hacía ausencia el tiempo que tomaba del sueño; y éste lo tomaba tan sobrelevantada que, apenas despertaba, cuando ya me sentía llamada y solicitada de mi divino Señor con lugares particulares de la Escritura, Evangelio y Cantares... Gozaba de gran paz y tranquilidad interior en el cantar los divinos oficios. Tenía muchísimas inteligencias de lo que decían muchísimos lugares y versos...»
Y dice cómo sufrió al prohibirle el confesor poner atención a esas inteligencias durante el recitado coral, así como el decir o cantar versículos fuera del coro, como lo venía haciendo durante las labores. No contenta con las lecturas bíblicas del Breviario, se propuso leer la Biblia entera, en latín, desde la primera página del Génesis. Durante dos años tuvo el cargo de sacristana y el de «correctora de coro», ya que ninguna otra se hallaba mejor preparada para velar por la fidelidad a las rúbricas y la recta lectura de los textos latinos. Además, y no obstante su corta edad, fue elegida sexta discreta, es decir una de las ocho consejeras que prescribe la Regla de santa Clara.

                                                      M. Ángela Serafina Prat

Maestra de novicias a los 21 años
El convento de Santa Margarita de Barcelona no tardó en proliferar, dando lugar a toda una nutrida constelación de fundaciones en toda España, en Cerdeña, México, Guatemala, Perú, Chile, Argentina... Hoy son un centenar los monasterios que se remontan, en su origen más o menos remoto, al fundado por la Madre Ángela Serafina.
En 1609 salieron las fundaciones de Gerona y de Valencia. En 1614 llegó el turno a la de Zaragoza. El 24 de mayo de ese año llegaban a la capital de Aragón las seis religiosas destinadas a la fundación del monasterio que sería intitulado de «Nuestra Señora de los Angeles». Entre ellas se hallaba sor María Ángela, que iba con el cargo de maestra de novicias y de secretaria. Tenía 21 años de edad.
No le faltaron momentos de apocamiento al sentirse «con cargo de almas para enseñarles religión y camino espiritual y trato con Dios». Pero se sobreponía con la seguridad de la ayuda divina. Tomó como modelo la pedagogía evangélica aprendida de su hermana Isabel, ahora abadesa en Barcelona; moriría dos años más tarde en fama de santidad. Los ideales y métodos de María Ángela como formadora se hallan reunidos en su opúsculo Práctica espiritual para las nuevas y novicias. Su primera preocupación era poner a las jóvenes en contacto directo con Dios mediante la vida litúrgica y la oración contemplativa: «Han de hambrear de noche y de día ser almas de oración; y de esto traten y hablen siempre las unas con las otras». Al mismo tiempo las guiaba al descubrimiento de la realidad de cada compañera en el trato mutuo y en las exigencias de la vida comunitaria. Era exigente en punto a unión fraterna y total nivelación entre las hermanas. Atenta a la formación de toda la persona, las hacía asimilar la disciplina externa en los actos comunes, en el trabajo, en la visita diaria a las enfermas, en el porte personal, en la comida, en el sueño... Pero en ninguna cosa ponía mayor cuidado que en la instrucción detallada de la recta ejecución de las celebraciones litúrgicas y en el espíritu con que habían de participar en ellas.
Fue mantenida en el oficio de maestra de novicias por tres trienios, de 1614 a 1623. En este año le fue confiada la formación de las jóvenes profesas, cargo que desempeñó hasta su elección como abadesa en 1626. Más tarde, en la fundación de Murcia, uniría al cargo de abadesa el de maestra de novicias, por deseo de la comunidad.
Había en ella, en efecto, dotes eximias de formadora. No hallaba dificultad en ganarse la confianza de las jóvenes a ella encomendadas; sabía identificarse con la índole y las situaciones de cada una, recurriendo si era necesario a medios extraordinarios. Escribe ella misma: «Muy en particular se me llevaban el afecto las que estaban más afligidas por luchas y tentaciones interiores, que me constaba de muchas por la humildad y claridad de conciencia que guardaban conmigo, con harta confusión mía».

                                        Convento de las clarisas capuchinas de Murcia

Talla humana de María Ángela
En lo físico, era baja de estatura. Lo delicado de sus facciones, el mirar apacible de sus ojos, habitualmente entornados, su continente grave y hasta solemne, su hablar dulce y reposado, formaban un conjunto que infundía respeto y confianza a un mismo tiempo. Se añadía la claridad y viveza de sus facultades mentales, junto con un sentido finamente femenino del detalle y una sensibilidad que le hacía vivir intensamente cada circunstancia.
A ruegos de ella, siendo joven formadora, le hizo su confesor, el canónigo Gil, la ficha de su temperamento: «Natural vivo, vehemente y muy sutil». Y le dio como programa espiritualizar el natural, sin cohibirlo ni ignorarlo. Gracias al mandato del que fue su confesor desde 1641, don Alejo de Boxadós, poseemos el autorretrato moral más acabado que cabe desear. De él tomamos algunos rasgos:
1. Señor: mi natural es colérico, flemático, amoroso, agradecido y correspondiente, y tan fiel, que pasaré por cualquier cosa por guardar ley a quien de mí hiciera confianza.
2. También tengo aversión a personas cautelosas y de segundas intenciones, y de las que hacen demostraciones de que pasan grandes cosas interiores, ora sean gracias de Dios ora sean trabajos...
3. Curiosa en extremo..., siempre tengo de ir aseada en mi aseo y aliño como una señora en el suyo.
4. Tengo el entendimiento muy discursivo en cosas de pena, y esto es uno de los mayores impedimentos que me perturban y desasosiegan la quietud interior.
5. Quiero, y apetece mi natural ser querido, pero, no para ser blanco de voluntades, si bien siento mucho el desamor e ingratitud, sino para mayor unión y hacer efecto en los corazones.
6. Soy enemiga muchísimo de tratar con personas de un ordinario saber, y presuntuosas. Y es mi pasión tratar con las de buen sentir así en cosas corporales como espirituales y, para lo que toca a mi espíritu, doctas, graves y santas.
Entre las limitaciones humanas, que ella reconoce y lamenta, una es el complejo del miedo. «He tenido toda mi vida terrible pavor a los muertos», escribe en 1634. También le hacían pasar muy malos ratos las representaciones infernales. Otro reflejo de esa tendencia aprensiva era su temor a la muerte y a los juicios de Dios. A todo ello hallaba remedio abriéndose a la Palabra de Dios, que le devolvía la serenidad interior con las luces que Dios le comunicaba oportunamente.
Las hermanas que declararon en el proceso informativo son prolijas en enumerar los rasgos positivos del retrato moral de la venerada Madre, en especial insisten en su amor a la verdad por encima de todo convencionalismo e hipocresía. Ponderan asimismo la apacibilidad de su semblante siempre alegre.
Había en su trato cierta innata distinción, que le comunicaba ascendiente sobre los extraños, incluidos sus confesores. Con éstos observaba «sujeción a ley de espíritu noble»; y explicaba el motivo: «Creo toma mi alma este modo noble de lo mismo que Dios usa con ella, porque es tan grande la nobleza y suavidad con que me llena y atrae para sí, que me deja llena de una reverencial y humilde nobleza. Y así, por esto, creo que quien quisiere obrar en mí por diferente modo, me destruye de todo punto».

 
Convento de las madres capuchinas de Barcelona durante la semana trágica en Barcelona, 1909.


La mística del breviario
Los sacerdotes que trataron a María Ángela en Zaragoza y en Murcia quedaban intrigados por su conocimiento carismático de la sagrada Escritura, de los santos Padres y de la lengua latina. El arzobispo de Zaragoza se creyó en la obligación de designar una comisión de cinco examinadores para averiguar hasta dónde era «infuso» semejante fenómeno; le hicieron toda clase de pruebas a base de citas latinas, y ella fue indicando con precisión libro y capítulo de la Biblia o el escrito patrístico donde se hallaban. Quedaron asimismo sorprendidos al saber que, en la sala de labor, leía a las religiosas en latín el libro Vitae Patrum -vidas de los padres del yermo- traduciéndolo luego y explicándolo puntualmente. Parecido examen harían más tarde en Murcia el deán y un canónigo de aquella diócesis.
El breviario fue siempre la base de sus ascensiones místicas; la sagrada Escritura le ofrecía las expresiones más adecuadas para sus sentimientos íntimos, brotados bajo la acción de la luz contemplativa. Su piedad era eminentemente litúrgica. El versículo de un salmo, la lectura de un nocturno, un responsorio, una antífona, bastaban para transportarla al plano de las experiencias unitivas. Éstas, con todo, no le impedían seguir el movimiento del rezo con absoluta fidelidad e intervenir al punto cuando se cometía algún error en las rúbricas. Escribe en 1624: «Me acontece muchas veces que, cantando los salmos, me comunica su Majestad, por efectos interiores, lo propio que voy cantando, de modo que puedo decir con verdad que canto los efectos interiores de mi espíritu y no la composición y versos de los salmos». Dios mismo se constituía en «maestro y declarador de su Palabra».
Le gustaba considerar la Iglesia de la tierra y la del cielo unidas en la misma liturgia de alabanza. En la fiesta del Ángel de la Guarda de 1642 experimentó un «parentesco cercano» con los ángeles y bienaventurados y se sintió movida a lanzar un «desafío» a los moradores de la Jerusalén celestial: «Como moradora que soy de la Iglesia militante, tengo que cantar las alabanzas divinas con pureza y alegría de corazón..., y de todas hacer unos perfumes a la beatísima Trinidad, uniéndolas y poniéndolas en el incensario de oro del Corazón de Cristo, mi Señor».
El coro conventual era el lugar privilegiado del encuentro con Dios y consigo misma. «En él tengo mi oración -escribe- y, por la mayor parte, todos mis mejores empleos así de noche como de día. Es el puesto en donde más misericordias recibo...»
No obstante la importancia que tenía en su espiritualidad el Oficio divino, el verdadero centro vital era el misterio eucarístico. Ponía esmero particular en la participación activa de la comunidad en la santa Misa. Siendo abadesa obtuvo para todas las religiosas la licencia para poder recibir la comunión diariamente.

«Cuando su Majestad se encierra a solas con mi alma»
Las páginas más espléndidas de las cuentas de espíritu de María Ángela son aquéllas en que lucha por hallar un vehículo de expresión a lo que ella experimenta en las horas inefables de lo que llama «cerrado silencio interior», «silencio hablador», «íntima posesión y dulzura interior», «cercanidad divina»... Es una contemplación quieta y gozosa, por lo general, pero a veces vehemente.
Cuando Dios quiere disponerla a una merced particular le «llena el espíritu de un temple humilde y suave», que redunda en los sentidos. Y esto aun durante el día, esté donde esté. Es como un «respirar en Dios» aun en medio de las ocupaciones externas. Bajo la luz infusa, que la envuelve y la penetra, se siente «cogida», «robada», «poseída» por Dios, a merced de operaciones íntimas que la aligeran y la transforman. A veces las recibe como «hablas poderosísimas» que producen lo que significan, porque «el decir de Dios es obrar».
El punto de partida son siempre las ideas y los sentimientos que suscita en su alma la liturgia del día. Cualquier domingo del año le hace vivir, por ejemplo, la «festiva resurrección» del Señor.
Pero no todo son consuelos y enajenaciones amorosas. Con frecuencia ha de experimentar la «enfermedad de ausencia», cuando el Amado se retira. Escribe muy expresivamente en 1636: «La especial presencia y asistencia de su Majestad, tan dulce y familiar, se me convirtió en una ausencia y lejanía grande como, si decirse puede, si se hubiera ausentado en las Indias».
Forma contraste con su continente externo, digno y comedido, y aún con su fe reverencial en las celebraciones litúrgicas, su postura íntima, de verdadera infancia espiritual, ante Dios, que desempeña con ella «oficios de papá». Una tal actitud corresponde al clima de expansión y de gozo, o como ella dice de «ancheza y libertad de espíritu», que se respira en todas sus páginas: un aura franciscana de «hilaridad interior», fruto del vacío total de creatura, cuando el alma se ve «señora de sí misma».
María Ángela tenía orden de los confesores, ya desde 1627, por lo que hace a las gracias místicas extraordinarias, de «no buscarlas ni admitirlas». Ella se esforzaba por resistir al arrobamiento, a veces más allá de lo aconsejable, en especial durante la recitación de las horas canónicas y la participación en la misa. Se hallaba como cogida entre la vehemencia de la atracción divina y la voluntad del mismo Dios, que le hacía sentir su voz diciéndole: «¡Obedece y canta!». Volvía el ímpetu del rapto, y nuevamente la voz interior le hacía estar sobre sí: «¡Canta y obedece!». En ocasiones se veía obligada a asirse fuertemente al asiento o a la reja del coro para no ceder al rapto.
Esa violencia reiterada le producía los «desmayos del corazón», que llegaron a alarmar a los médicos. Era dolencia de amor.
Todo comenzó, allá por el año 1620, siendo maestra de novicias, con la «vista de un corazón bellísimo, muy grande y delicadísimo..., en el aire, entre cielo y tierra...». Lo flanqueaban, de un lado, la Virgen con el Niño, y del otro, san Francisco de Asís. «De la vista de este corazón -concluye- quedé esclava y cautiva». Y le dejó un ardor permanente en el corazón, con una sensibilidad tal, que cualquier contacto le producía un dolor insoportable. Se trata del fenómeno místico del corazón herido que, como en otros santos, se completó con la experiencia de la permuta de corazones. No fueron ímpetus de juventud: todavía en 1646 seguía sintiendo en el corazón «fuego vehementísimo, como cuando revienta una granada, un ardor que vaporeaba hacia arriba».
En relación con esa experiencia se coloca su amor apasionado al «melifluo Corazón de Jesús». Y esto medio siglo antes de las conocidas apariciones a santa Margarita María de Alacoque. «Es mí blanco -escribe-; lo amo apasionadamente». Y lo saluda: «Mi incomparable tesoro, toda mi riqueza, única esperanza cierta de todo lo que espero, claridad y sosiego de mis dudas, aliento de mis ahogos, centro íntimo de mi alma, propiciatorio de oro de mi espíritu..., escuela y cátedra donde leo ciencia y finezas de tu inmensa caridad...»

 
«¡Qué gran tesoro y dicha es ser hija de la Iglesia!»
En un siglo en que la espiritualidad católica se desenvolvía casi al margen de la liturgia y en que, incluso la teología, veía en la Iglesia únicamente la institución visible, María Ángela puede ser considerada como una verdadera excepción. Fue su misma intuición mística, guiada por la Palabra de Dios, la que la llevó a vivir en forma excepcional el misterio de la Iglesia.
Se siente profundamente deudora a la bondad divina por el beneficio de ser hija de la Iglesia, experimenta, aun en visión, el calor del regazo maternal de la esposa de Cristo, se esfuerza por formar a las religiosas en la conciencia gozosa de ser hijas de la Iglesia, en la oración insistente por las necesidades de la Iglesia.
Se siente unida en estrecho parentesco con todos los fieles, a quienes llama reiteradamente «mis hermanos»; ella misma siente entrañas maternales para con todos los redimidos: ¡«Oh, quién pudiera ser madre de todos ellos!». Desearía «ponerlos a todos dentro del Corazón de Cristo». Comparte el dolor de la Iglesia por los hijos separados de ella: los malos católicos, los herejes.
No sabe cómo corresponder a tanto como le viene comunicado por mediación de la Iglesia, en especial los «misterios» y las «verdades» que ella nos propone. Fue ésta la razón fundamental que la impulsó a tomar con apasionamiento el aprendizaje del latín: «Entender los misterios en la propia lengua en que nuestra madre la Iglesia nos los propone». No es sólo un adherirse al magisterio de la Iglesia con docilidad de fe, sino un «sujetar y cautivar mi juicio, saber y sentir a mi madre la Iglesia católica romana», hasta ofrendar la vida en su defensa si fuera necesario.
Medita con frecuencia en la unión esponsal de Cristo con la Iglesia, fundada por Él en la cruz. Es la Iglesia la que nos aplica los frutos de la sangre de Cristo. María Ángela se considera «incorporada dentro de los profundos tesoros» de la Iglesia y mira el convento fundado por ella en Murcia unido a la Iglesia universal, «árbol plantado en la heredad de la Iglesia». Anhela por el día en que no haya más que un solo redil y un solo Pastor, «un solo pueblo, puro y santo, todos del linaje real de Dios».

Irradiación a través de la reja conventual
La caridad apostólica de María Ángela corría parejas con su amor encendido al divino Esposo y con su solicitud entrañable por las hermanas puestas a su cuidado. Se sentía «hermana y madre de todos los fieles». Desde el encierro de los muros conventuales, ardía en ansias de prodigarse en bien de todos los redimidos. «Dios eterno -oraba-, que infundís este afecto y ansia interior en mi espíritu por la salvación de los fieles: ¡oh, si me fuera posible obrar en los corazones de todos!... Decidles que un alma penada y ansiosa de su bien se deshace en ansias de sus medros y de que os conozcan, sujeten y amen».
Echaba mano constantemente de los medios al alcance de una religiosa contemplativa: la oración, la penitencia, el amor redoblado al Señor para compensarle de las ofensas y del desamor de los hombres. Pero, sin pretenderlo, hubo de experimentar que, como ha dicho Jesús, la luz no se enciende para que quede oculta bajo el celemín, sino para que alumbre. No tardaron en trascender fuera los dones superiores que la adornaban: la santidad de vida, su don de consejo y aun la eficacia excepcional de su intercesión. Ella hubiera querido seguir ignorada en el encierro claustral, pero sus confesores le apremiaban a no negarse al reclamo de la caridad. Y hubo de prodigar su tiempo con las personas de toda clase social que acudían a ella en busca de consejo, de consuelo y de orientación en la vida. Se sabe nominalmente de hombres y mujeres de familias destacadas que fueron verdaderos «hijos espirituales» suyos y de prelados eminentes que mantuvieron con ella comunicación espiritual, entre éstos el cardenal Trivulzio, virrey de Aragón, el obispo de Albarracín don Jerónimo de Lanuza, el arzobispo de Zaragoza Martínez de Peralta, el patriarca de las Indias Occidentales Alonso Pérez de Guzmán.
Dentro de esta caridad universal ocupó lugar especial, sobre todo desde que estalló la guerra del principado en 1640, Cataluña, «mi patria atribulada», como ella se expresa. Sufrió y oró, teniendo que acatar los insondables designios de Dios en aquella tragedia cuya razón no acababa de entender. Algo de aquella angustia se revela en lo que escribía en 1646: «Queriendo rogar por la paz de los reyes y príncipes cristianos, no pude. Y me dijo su Majestad: ¡Hija, todos son unos! Y me dio inteligencia muy distinta que pecaban por malicia y pertinacia».

                                        Visión de la beata sobre el stmo. Sacramento.

«Me guiso a mí misma para comida gustosa de todas»
En 1626 María Ángela había sido elegida abadesa con la necesaria dispensa, ya que los cánones exigían cuarenta años de edad y ella contaba sólo treinta y tres. Gobernó durante dos trienios seguidos la comunidad de Zaragoza, y después aún en dos trienios más con intervalos de tres años. Siendo vicaria partió para la fundación de Murcia; en este monasterio ejerció el cargo de abadesa hasta su renuncia espontánea cinco años antes de su muerte. En total veintisiete años al frente de la comunidad.
Consideró siempre como el primer servicio que la «madre y servidora» debe prestar a sus hermanas, según la Regla de santa Clara, el cuidado espiritual. Para ello se propuso «llevar a cada una al paso con que Dios la quiere hacer caminar», sin «enfilar» a todas por el mismo carril. Las hermanas que la tuvieron por superiora se hacen lenguas de aquel su estilo evangélico de servir más que de gobernar: «No tenía aceptación de personas». «Era la primera en barrer, fregar, lavar la colada, entrar leña». «Tenía particular prudencia y gracia para mover sin desagradar». «Era muy ponderada en la reprensión de los defectos, pero en los casos obligatorios de hacer correcciones, las hacía con todo valor..., a veces con sólo un gesto o con una mirada». «Poseía el don de consejo, dando respuestas adecuadas a la situación de cada una...; las hermanas estaban persuadidas de que penetraba el interior». «Era muy amada y venerada de todas». «Procuraba consultar lo que se había de obrar, y tenía mucha docilidad en seguir el parecer justo de cualquiera, aunque fuese contra el suyo».
De esta disposición suya para dialogar, escuchar y valorar el parecer ajeno escribe ella misma: «Dejo pasar en las cosas indiferentes, no dándoseme nada se haga lo contrario de mi sentir y querer». Diseminados en sus escritos hallamos acá y allá preciosos trazos de su fisonomía como guía de la comunidad:
«Me juzgo indigna de estar entre las siervas de Dios». «Mi norma es callar y sufrir, y llevar el peso que las cosas de gobierno traen consigo, como sierva de la casa de Dios». «Estoy atenta a llevar las condiciones y naturales de mis religiosas, aunque me lo quite de mi comodidad». «El ajustarme a todos los naturales y condiciones es sin duda obra de la gracia; y ésta me la da Dios para beber aguas muy amargas a mi natural y condición; pero así conquisto mi alma». «Con el oficio de prelada tengo muchas ocasiones de morir a mí misma y de dar a mi divino Señor mi vida en sacrificio, porque me guiso a mí misma para comida gustosa de todas». «Venero en mis religiosas la santidad oculta que Dios ha infundido en sus almas».
Entre los servicios prestados a la comunidad de Zaragoza cabe mencionar la construcción del nuevo convento, gracias a la buena ayuda recibida de un sacerdote bienhechor.
Otra importante iniciativa suya es la revisión de las Constituciones, mejorando el texto barcelonés, «de común consentimiento de todas las monjas, después de madura consideración». Fueron aprobadas por Urbano VIII en 1627. Por ellas se regirán andando el tiempo hasta trece monasterios derivados del de Zaragoza o relacionados con él.

Fundación de Murcia
Desde años atrás venía deseando María Ángela realizar una fundación, si fuera posible en Cataluña. En 1640 vino a apoyar el proyecto el nuevo confesor, don Antonio Boxadós, que gestionaba en Madrid la adjudicación del cargo de inquisidor en Murcia. De lograrlo, correría por cuenta suya el llevar a término la fundación de un convento de capuchinas en esta ciudad. Vencidas las dificultades, se logró la cédula real de 3 de diciembre de 1644 que autorizaba la erección del monasterio de la Exaltación del Santísimo Sacramento.
El 9 de junio de 1645 partía de Zaragoza María Ángela con otras cuatro religiosas. Al cabo de un viaje sembrado de peripecias, llegaron a destino el 28 del mismo mes. Al día siguiente, fiesta de San Pedro, fue la solemne inauguración del monasterio y la entrada en clausura.
La primera preocupación de la fundadora fue encauzar debidamente la nueva comunidad, atendiendo sobre todo a la formación de las jóvenes, que no tardaron en afluir en buen número.
No faltaron pruebas sensibles en aquellos primeros años. La primera fue la gran epidemia del año 1648: la ciudad quedó casi despoblada; las víctimas fueron, al decir de un autor, más de 24.000 en toda la comarca. El contagio hizo presa en la comunidad; y se debió a la oración confiada e insistente de la santa abadesa el que no muriera ninguna de las religiosas. Pero se hubo de lamentar la muerte de uno de los donados agregados al convento.
La otra prueba, más penosa, fue la inundación del 14 de octubre de 1651, la más desastrosa que recuerdan los anales de Murcia. En total quedaron arrasados más de doscientos edificios; los muertos pasaron de dos mil. El convento de las capuchinas se hallaba en la parte más elevada del casco urbano, pero de nada sirvió. En vista de que las aguas habían llenado la iglesia y todas las dependencias de la planta baja, subiendo siempre de nivel, optaron por abandonar la clausura, después de sumir las especies sacramentales, lanzándose a través de la corriente para ganar el próximo colegio de la Compañía. Estaban aún en el zaguán de éste, cuando oyeron el estruendo de la iglesia de su convento, que se vino abajo, perdiéndose cuanto había en ella y en la sacristía.
Pasaron trece meses en una residencia de verano que los jesuitas les cedieron generosamente en la montaña de Las Ermitas. Hallaron el convento en pésimas condiciones todavía. Y, cuando se planeaba la nueva obra, una segunda inundación, el 7 de noviembre de 1653, las obligó a regresar a Las Ermitas.
Mucho más sensible que estos infortunios fue la indigna calumnia levantada ante el prelado contra la santa abadesa y las religiosas por obra de una mujerzuela; todo terminó con la retractación de la mal aconsejada y con el reconocimiento de la inocencia de las difamadas.
Entre tanto se fueron activando las obras del convento, y el 22 de noviembre de 1654 la comunidad pudo regresar a él definitivamente.

                                    Escultura de la beata en su monasterio de Murcia.

El último heroico desaproprio... y la unión eterna
La vida íntima de María Ángela, en todo este tiempo, avanza cada vez más, a fuerza de purificaciones y de pesadumbres, hacia la transformación por amor. Su contemplación se hace aún más explícitamente bíblica y litúrgica. Sigue meditando con amor compasivo en los pasos de la pasión del Señor, pero ahora su meditación es menos sujeta a la sensibilidad, más atenta a las «penas mentales» del Redentor. Se siente atraída con nueva fuerza al Amor. «Quisiera ser la más fina amante que jamás haya tenido», escribe en 1650. Por lo mismo le resultan más duras «las ausencias y soledades del amante Dios».
Experimenta la presencia unitiva de continuo, junto con el «total vacío de sí misma», que ella llama también «verdadera pobreza de espíritu», renunciando aun a las mercedes que el Señor le concede para vivir del puro amor.
Su «sentido espiritual» va ganando en «sutileza», para usar su propia expresión, y en hondura. Cualquier circunstancia externa -el canto de una avecilla, unos compases de música, una letrilla devota, sobre todo un lugar de la Escritura o una verdad de fe-, es un reclamo que le hace sentir «novedad interior y alientos divinos». Experimenta «tientos» de la unión eterna y suspira cada vez con mayor ansia por la «seguridad de la posesión de la eterna Jerusalén». «Siento una desnudez de todo lo de acá -escribe-, como de cosas aparentes y de burla; y así estoy entre ellas como de puntillas. ¡Ay, Señor, y cuándo será ese momento y día! ¡Ay de mí, que se me alarga este destierro mío! (Sal 119,5)».
Desde 1654 padecía dolencias que preocupaban a las religiosas. En 1661 fue perdiendo rápidamente el vigor de sus facultades y quedó reducida a un estado infantil, incomprensible para cuantos habían conocido su clarividencia mental y su presencia de ánimo. Tuvo, eso sí, la cordura suficiente como para comprender que, en aquella situación, no debía seguir al frente de la comunidad. Hizo reunir el capítulo y elegir a su sucesora.
«Incapaz para lo temporal, pero con mucho conocimiento de lo divino», la vieron las religiosas en aquellos años. Era natural que todos atribuyeran aquel estado de disminución a un proceso de senilidad, tal vez prematuro. Pero ¡cuál no fue la sorpresa y la emoción de las hermanas y de cuantos la conocían al encontrar después de su muerte, entre sus papeles, una oración autógrafa, redactada en 1661, cuando aún gozaba de plena lucidez, en la que suplicaba al Señor la gracia de «quedar inepta en lo exterior, para las cosas de este mundo y, consiguientemente, sin el cargo de prelada; de tal modo que no la impidiese, en su interior, andar siempre en la divina presencia, alabándole y glorificándole!».
El 21 de noviembre de 1665 le sobrevino un ataque de hemiplejía. Al propio tiempo recobró en pleno el uso de sus facultades mentales. Hizo su confesión con la lucidez de sus mejores años. Recibido el Viático la vieron permanecer extática por largo rato. Expiró serenamente el 2 de diciembre de 1665, después de haber entonado, con un resto de voz, el Pange lingua, coreado por sus hijas espirituales entre gemidos incontenibles. Contaba 73 años de edad.
La ciudad de Murcia se volcó a venerar el cuerpo de la que todos proclamaban santa. Y comenzaron a multiplicarse los milagros obtenidos por su intercesión. En 1668, apenas transcurridos dos años después de la muerte, fue iniciado el proceso informativo diocesano con miras a la beatificación. Circunstancias diversas fueron retrasando el proceso apostólico. Por fin el 29 de septiembre de 1850 recibía canónicamente el título de Venerable. Juan Pablo II la beatificó el 23 de mayo de 1982.

                                 El cuerpo incorrupto de la Beata Mª Ángela Astorch


Nota bibliográfica:
B. María Ángela Astorch, Mi camino interior. Relatos autobiográficos. Cuentas de espíritu. Opúsculos espirituales. Cartas. Ed. L. Iriarte. Madrid 1985.
L. Iriarte, Beata María Ángela Astorch, Clarisa Capuchina (1592-1665), Valencia 1982 (versión italiana, Roma 1982); 2ª ed. Murcia 1987.

Lázaro Iriarte, O.F.M.Cap., Beata María Ángela Astorch. Ejemplo de espiritualidad litúrgica y eclesial, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 201-220. 

Para más información:
MM CLARISAS CAPUCHINAS
Monasterio de la Exaltación del Stmo. Sacramento
C/ Gaspar de la Peña, 26 (Paseo del Malecón). 
C.P. 30009 Murcia (España)
Telf. y Fax: 968 295 736

domingo, 12 de mayo de 2013

Venerable María de Jesús de Ágreda



Su infancia


 Ágreda (Soria). En primer plano a la izquierda, el monasterio concepcionista.

Casa natal de sor María de Jesús en Ágreda (Soria).
 
     Como Ávila, Loyola o Liseux, Ágreda, una pequeña villa de la provincia de Soria, es un punto geográfico célebre en todo el mundo por una persona de extraordinarios destinos que lo ha inmortalizado. Esa figura excepcional es la Venerable Sor María de Jesús conocida, precisamente por el lugar de su nacimiento como María de Ágreda o,  también, como Madre Ágreda.

     Nace en Ágreda el 2 de abril de 1602, en la calle de las Agustinas. Sus padres se llamaban Francisco Coronel y Catalina de Arana. Concibieron 11 hijos, pero sólo cuatro sobrevivieron: Francisco, José, María y Jerónima.

     En su árbol genealógico se cruzaban diversas procedencias. Su madre, Doña Catalina de Arana era de ascendencia vasca, con documentos de hidalguía que hasta el día de hoy se conservan en el archivo de las MM. Concepcionistas de Ágreda, procedente de la villa vizcaína de Izurza. El padre, Don Francisco Coronel era natural de Ágreda.

     María de Jesús tuvo dos hermanos, Francisco y José. Ambos religiosos franciscanos. Como hermana, tuvo a Jerónima, que como ella, ingresó en la Concepción de Ágreda.

     Dotada de excepcionales cualidades, en su niñez se mostró como mujer apocada y llena de complejos que nadie sabía explicarse. El misterio de todo estaba en que muy precozmente empezó a actuar Dios en ella con fenómenos de iluminación interior que le revelaba su nada, la vanidad de todas las cosas creadas y el pecado que reinaba en el mundo. Aprendió pronto a leer, lo que le granjeó el respeto de sus padres y hermanos.

     A los 4 años de edad fue confirmada por el famoso obispo Mons. Yepes, biógrafo de santa Teresa de Ávila. A los 6 años recibió la primera comunión y a los 8 había hecho secretamente su voto de castidad.

     Ya a los 12 años se inclinaba por la vida religiosa; intentó ingresar en las carmelitas descalzas de Tarazona. Lo suyo eran, sin embargo, las concepcionistas franciscanas descalzas, influida, quizá, por los franciscanos del convento de san Julián, sitio a las afueras de Ágreda. Cuando tenía 13 años sus dos hermanos entraron franciscanos.
  
La gran decisión familiar

     Hacia el año 1615 los padres de sor María de Jesús, tomaron una decisión desconcertante para la población agredeña: Convertir el hogar doméstico en convento concepcionista. Todo sucedió de forma muy original: Catalina Arana había tenido una visión en que se le decía debía hacerse religiosa y convertir su casa en convento. Fue a consultar su revelación con su confesor que vivía en el convento franciscano de San Julián a extramuros de la Villa. Con increíble sorpresa, se le hizo encontradizo su propio confesor, en un lugar que todavía se señala en el término de los muros del Convento, que venía a hablarle de la visión que había tenido también él sobre la fundación querida por Dios. La cosa tenía todas las pruebas de origen divino.

Monasterio de la Purísima Concepción de Ágreda (Soria) donde vivió la futura santa.
     Ella y sus dos hijas, permanecerían en la casa familiar convertida en convento; el cabeza de familia ingresaría franciscano; los otros dos hijos ya habían optado por la vida religioso- franciscana. Hubo sus más y sus menos en el seno de la familia, y también en el vecindario, que consideraba tal sueño como un agravio al matrimonio. Al final, triunfó el proyecto;  y el 1 de marzo de 1618 se firma la escritura por la que los Coronel-Arana donan su hacienda para la nueva fundación.

     Catalina Arana y sus hijas decidieron que la familia religiosa a la que se había de confiar la nueva fundación había de ser la orden contemplativa de la Inmaculada Concepción, y de la rama estricta de las recoletas o descalzas. El 8 de diciembre se celebra la primera misa en el improvisado convento y el 13 de enero de 1619 toman el hábito concepcionista María Coronel (cambiando su nombre de pila en Sor María de Jesús), su hermana Jerónima y Catalina, su madre. Francisco Coronel ingresa en el convento franciscano de San Antonio de Nalda.

     Para abrir el proyectado monasterio y proceder a la erección canónica, vinieron del convento de San Luis de Burgos, tres religiosas concepcionistas que iniciaran a las aspirantes en el espíritu de santa Beatriz de Silva. La presencia de las monjas burgalesas en Ágreda duró cuatro años. Terminado el período de la formación de las primeras religiosas, regresaron a su monasterio de origen.

     Para dar nuevos vuelos al monasterio agredeño, llaman las nuevas profesas a otro grupo de tres monjas del monasterio del Caballero de Gracia en Madrid. Al cabo de otros cuatro años regresan también éstas a Madrid.

     El monasterio de Ágreda cuenta con suficientes elementos propios como para llevar adelante la plena observancia de la vida concepcionista recoleta. 

La religiosa

María de Jesús de Ágreda. Maximino Peña

     En 1620 hace la profesión y comienza toda la trayectoria de su vida mística, marcada también por la enfermedad, la tentación y otros "trabajos".

     La vida de la M. Ágreda es impensable sin el marco de la clausura concepcionista. La orden de santa Beatriz la orientó hacia el misterio central de la Inmaculada Concepción, que había de ejercer en toda su vida una fascinación humanamente inexplicable.

     La inexorable reclusión de la vida enclaustrada encauzó la fuerza poderosa de su inteligencia y de su voluntad hacia un crecimiento en dirección vertical. La estrechez del monasterio primero, reducido a los muros de la casa paterna, lanzó a la adolescente María de Jesús a una vida de superior expansión hacia la mística. Sus primeros años de religiosa se ven marcados por fenómenos religioso-místicos paranormales: éxtasis, raptos, arrobos, ingravidez....

    Comenzó esta etapa a los 18 años aproximadamente. La forma que los trances místicos revistieron era la del éxtasis. La joven concepcionista permanecía inmóvil e insensible por espacio de dos o tres horas. El éxtasis venía acompañado de la levitación. Se elevaba sobre el pavimento y adquiría una levedad tan pasmosa, que un pequeño soplo podía mover en uno y otro sentido la masa ingrávida de su cuerpo. Se enardecía su rostro hasta tomar la forma de un verdadero serafín. Y estos arrobos llegaron a más del millar. Su confesor -Juan de Torrecilla- los divulgó indiscretamenete y las mojas fomentaban la publicidad. Mucha gente acudía verla en tal estado, el fenómeno duró hasta 1623: "fui al Señor- nos dice- y postrada ante su Ser inmutable, le dije que no me había de levantar hasta que me concediese quitarme todas las exteiroridades."  A petición de la propia Venerable, Antonio de Villalacre, ministro provincial de Castilla (1620-1623), terció en el problema para poner fin a semejante exhibición.

     Mas la cesación de las exterioridades trae una concentración de lo sobrenatural en el interior de la monja, la cual empieza a vivir unos fenómenos únicos de bilocación que le hacen actuar a distancia de miles de kilómetros.

     El año 1627, a sus 25 años, es elegida abadesa, cargo en el que perduraría hasta su muerte, exceptuando el trienio 1652-1655. ¡35 años en total!. Su talante fué -al parecer- la prudencia, la eficacia, la suavidad, sin caer en la blandura. Facetas altamente simpáticas de su personalidad son la naturalidad, la sencillez, el carácter humano y afectuoso...

     Su vida espiritual se desarrolló en tres etapas, a las que ella llamaba noviciados: la imitación de la Virgen María, la imitación de Cristo y la entrega de sí misma a Dios; cada uno de los procesos los ratificaba mediante una especia de profesión. Desarrolló principalmente las virtudes de ciencia, prudencia, mansedumbre, fe y penitencia.

La Dama de Azul


Evangelizando en Nuevo México, sin haber salido de su monasterio soriano. Dios la concedió el don de la bilocación, es decir, permanece por un tiempo en dos lugares diferentes con una misión cada una.

     Sor María de Jesús, tenía un gran celo por “salvar almas para el Señor”; desde su más tierna edad, Dios le concedió tener una visión del alma en gracia santificante y del alma en pecado mortal que marcó totalmente su vida, desde ese momento María Coronel Arana ya no sería la misma. A partir de allí, su espíritu se encumbraría a buscar sólo a satisfacer a su Amado, a entregarse por entera a Él.

     El Señor le favoreció con fenómenos exteriores, pero todos estos fenómenos místicos extraordinarios cesaron, para dar paso a una concentración de lo sobrenatural en su interior, el cual se manifestó con el fenómeno único de la bilocación que le hacía actuar a distancia de miles de kilómetros en las tierras americanas de Nuevo México. Era el año 1622. Sor María tenía sólo 20 años.

     La bilocación que trasladó a Sor María desde su retiro de Ágreda sobre el Atlántico hasta América fue en su tiempo algo que causó el más grande estupor, no sólo en España sino en las mismas Indias, donde ha perdurado hasta nuestros días la fama de la dama azul del Oeste que evangelizara vasta zonas de Nuevo México.
     Los obstáculos a la acción de los misioneros eran duros. Ante todo la hostilidad de las tribus indígenas, luego la dificultad de las lenguas autóctonas- diferentes y extrañas en su estructura-, las grandes distancias, etc. Es cuando se inician las inexplicables actuaciones de la legendaria “dama de azul” que prepara a los indios a la recepción del bautismo.

    De estos sucesos dejó ella misma una narración: "Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró Su Majestad todo el mundo, y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de criaturas y almas que había, y entre ellas cúan pocas que profesasen lo puro de la fe, y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio, que son muchos los llamados y pocos los escogidos...
     Entre tanta variedad de los que no profesaban y confesaban la fe, me declaró que la parte de criaturas que tenían mejor disposición para convertirse, y a que más su misericordia se inclinaba, eran los del Nuevo México y otros reinos remotos de hacia aquella parte. Él manifestarme el Altísimo su voluntad en esto, fue mover mi ánimo con nuevos afectos de amor de Dios y del prójimo, y a clamar de lo íntimo de mi alma por aquellas almas.”
Era el ardor misionero de Sor María de Jesús.

    Desde el año 1622 al 1625 se hizo presente, como evangelizadora, lo menos 500 veces -dice en las primeras declaraciones- en las provincias de Quiviras, Jumanas y otras zonas de Nuevo México (actualmente estas zonas se encuentran ubicadas en los estados de Nuevo México, Texas y Arizona de los Estados Unidos de Norteamérica) hasta que la fama que iban adquiriendo tales hechos le aconsejó pedir a Dios que cesaran estos dones, cosa que consiguió. Los indígenas le llamaban "la dama de azul", por el manto celeste de concepcionista que llevaba. Predicó a muchos el Evangelio y hasta sufrió una especie de martirio. Por entonces ya había misioneros franciscanos en aquellas regiones. Y sugirió a los indios que se presentaran a los misioneros para que, una vez evangelizados, toda la región pudiera recibir el bautismo. Se asombraron los misioneros de ver tanta gente dispuesta y comenzaron a indagar dónde podría vivir aquella "dama de azul" que decían los nativos.

     El año 1630 Alonso Benavides vino a España, se dirigió al ministro general de los Frailes menores, Bernardino de Sena, y le refirió aquella historia de la evangelización de Nuevo México. Y como ya la conocía por otras referencias, le envió al convento de la Purísima Concepción de Ágreda para que comprobase la veracidad de tales revelaciones. Benavides atestiguó que la "dama de azul" no era otra que María de Ágreda y así lo consignó en sus memorias.

     De estas bilocaciones se hizo un doble proceso de la Inquisición en los años 1635 y 1650.

     Sor María de Jesús de Ágreda no sólo fue misionera ella, sino que fue sembradora de inquietudes misionales e inspiradora de vocaciones de grandes y santos misioneros. Conocemos del Beato  Junípero Serra (1713-1784), el gran evangelizador y colonizador de California (EE.UU.), que llevaba siempre consigo la Mística Ciudad de Dios y que él continuaría en California, la obra comenzada por Madre Ágreda en Nuevo México. El Venerable José de Carabantes, (Fr. José Velázquez Fresnada, 1628-1694, cuya causa de beatificación se introdujo en 1910), debe su vocación misionera a María de Ágreda, quien le orientó e inculcó este gran servicio a Dios, al ir éste a consultarle sobre la voluntad del Señor en su vida; su misión se desarrollo en Cumaná (Venezuela).  Fr.  Antonio Margil de Jesús (1657-1726), evangelizador de México, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica y Texas, solía leer cada noche un capítulo de la Mística Ciudad de Dios.

     En nuestros días María de Ágreda continúa inspirando la labor misionera en la Iglesia Católica. Hace más de 50 años el Padre James Flanagan, un sacerdote de la Arquidiócesis de Boston,  leyó la versión en Inglés de la Mística Ciudad de Dios. Influenciado por el Evangelio y el libro de la MCD, fundó junto con el Padre John McHugh, la Sociedad de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad, SOLT (por sus siglas en Inglés) oficialmente el 16 de Julio de 1958 en la Arquidiócesis de Santa Fe en Nuevo México. Desde su inicio ha tenido muchos seguidores, y actualmente esta Sociedad Apostólica expande su labor misionera en parte de América, Europa, Asia y Oceanía.

    El Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Monseñor Ángelo Amato, en una visita no oficial al Monasterio de Sor María de Jesús,  recalcó  ésta faceta misionera de la Madre Ágreda y exhortó a los feligreses a ser misioneros en el estado o vocación en la cual cada uno ha sido llamado por Dios.

     La Dama  de Azul sigue viva en el corazón de sus fieles devotos, quienes le profesan una gran devoción, no por lo “extraordinario o sobrenatural” de sus bilocaciones, sino por el amor con que anunció y sigue anunciando el Evangelio: “las maravillas que Dios hace con los hombres”(Sal 106).
La abadesa


A Preladinha

     Sor María de Jesús fue nombrada abadesa el 19 de marzo de 1627, luego de que regresaran a Madrid las monjas fundadoras del convento del Caballero de Gracia; por no haber cumplido aún los 25 años de edad, hubo de pedir dispensa papal.

     Al ser nombrada abadesa, cargo que, Madre Ágreda, aceptó porque la obediencia se lo imponía,  lo primero que hizo fue colocar en la silla principal del coro (capilla del convento) una imagen de nuestra Señora de la Concepción, a quien llamó Abadesa y Superiora del monasterio, reservándose para sí el título de vicaría y sustituta.  Puso a los pies de la imagen de la Virgen, como signo de ser su “Prelada” el libro de la Regla y Constitución de la Orden y el sello del convento, es por ésta razón por la que, a esta imagen, le llaman cariñosamente las religiosas “La Preladita”.

    También, se comienza la edificación del nuevo monasterio a las afueras de la Villa, aunque si bien es cierto que, ya desde 1624, se contaba con el terreno, la construcción comenzó cuando Madre Ágreda asume el cargo de abadesa. Aunque con medios escasos, la obra duró sólo siete años, ya el 10 de junio de 1633, con “gran regocijo de la Villa” se trasladaron las religiosas de la antigua casona al nuevo monasterio. Todos se admiraban de ver cómo “una pobre religiosa, descalza y tan destituida de medios humanos emprendiese y concluyese  en tan pocos años una fábrica tan grande como un convento e iglesia, todo de planta y de los más aliñados y curiosos que puede decirse...” María de Ágreda era una mujer de grandes obras a pesar de que ella siempre quiso estar oculta en la soledad de su celda.

     En el año 1652 se llevó a cabo la fundación del Monasterio de la Concepción de Borja, la Madre Ágreda escribía animando y consolando a las cuatro hermanas fundadoras para que siguieran adelante la obra comenzada por el Señor. El  monasterio de Tafalla, actualmente en Huarte (Pamplona), y el monasterio de Estella, en Navarra, se fundaron después de la muerte de Sor María de Jesús en los años de 1671 y 1731, respectivamente, por la gran devoción que profesaban las fundadoras a la Madre Ágreda.

     Pero, veamos un poco el talante de Sor María de Jesús como abadesa. El ser nombrada abadesa representó para ella tal quebranto, temor, humildad y confusión, que no cesaba de llorar, y siempre que recordaba que lo era, lloraba y se afligía. No obstante, gobernó con celo, observancia, discreción y prudencia; los frutos se veían en: una  comunidad llena de fervor espiritual y provista en sus necesidades materiales.

     Una de las mayores preocupaciones de Madre Ágreda, fue el cuidado espiritual de sus religiosas; esto le hacía sufrir muchísimo porque ella deseaba que todas llegaran a una unión espiritual con Dios, no por vanagloria, sino por el bien de sus almas:  “El mayor trabajo de mi oficio, escribe Sor María, es que mis deseos de la perfección de las religiosas exceden  a lo que ellas pueden obrar, y que yo las quiero regular y medir con la luz, doctrina y enseñanza altísima que el Señor me ha dado.” “Y como no es posible conseguirlo, y soy vehemente en los afectos, vivo crucificada, lastimada” “Sólo me podía consolar o detener el que eran mejores que yo, y que en todo me llevan ventajas; pero la caridad y celo, no sé qué se tiene que no se sosiega por el servicio de Dios y bien del prójimo.” Por eso no perdía ocasión de amonestarlas con pláticas, doctrinas; les hacía desafíos después que salían de los ejercicios espirituales para enfervorizarlas. Aprovechaba las conferencias, la recreación, para estimularlas a la practica de las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios y con el prójimo. Escribió muchos avisos para que adelantasen en la santidad; y, sobre todo, pasaba muchas noches en oración pidiendo a Dios no permitiese que ninguna de las religiosas jamás se desviase del camino de la virtud.

     Con el mismo celo de la salvación de las almas las asistía estando enfermas o próximas a morir. Visitaba y consolaba a las enfermas y procuraba que nada les faltase. Ella misma las alimentaba, las curaba y limpiaba. A las que estaban en el artículo de la muerte, además de asegurarse que les fueran suministrados los Sacramentos, les asistía continuamente en su cabecera, encendiéndolas en amor de Dios y contrición de sus culpas, para que tuvieran grandes deseos de ver al Señor y gozarle en la patria celestial.

     Y por último, en la distribución de los oficios nunca miraba a las personas sino a los meritos. Sin acepción de personas daba los cargos a aquellas religiosas que en presencia de Dios creía más convenientes, hasta tal punto se portó con igualdad que jamás hubo ninguna murmuración por parte de las religiosas.

     La Madre Ágreda dirigió la comunidad y el monasterio de tal manera, que ocupó el cargo de abadesa durante diez años por nombramiento directo de los Superiores Religiosos y, luego desde que en 1638, se le concediese a la comunidad derecho de elección, fue elegida trienio tras trienio hasta su muerte (1665). Sólo se interrumpió la cadena para el trienio 1652-1655, en el que ella misma consiguió del Nuncio, Julio Rospigliosi, que se negase la dispensa de la reelección.

La Escritora 




     En los siglos XVI y XVII, la sociedad era contraria a que una mujer escribiera, mejor dicho, las mujeres tenían pocas oportunidades para expresarse y su condición estaba por muy debajo de la figura masculina. El convento a pesar de que, las religiosas, estuviesen sujetas a ciertos controles y a la autoridad de sus superiores o confesores, ofrecía un lugar ideal para desarrollar y cultivar las cualidades literarias y culturales. Uno de los casos más destacados del siglo XVI, fue santa Teresa de Jesús de Ávila, insigne escritora castellana. Esta mujer tomó la pluma y plasmó con ella destacadas obras de la mística y, sobre todo, con su autobiografía, la Santa de Ávila fue modelo y ejemplo para muchas otras figuras femeninas. Sor María de  Jesús de Ágreda fue una de éstas.

     Sor María de Jesús está considerada dentro de las primeras escritoras españolas, tanto en el campo de la mística como en la literatura. En  el año 1726, la Real Academia Española incluyó a Sor María en el primer Diccionario de Autoridades. A decir de Emilia Pardo Bazán: “La Venerable de Ágreda merece figurar entre nuestros clásicos por la limpieza, fuerza y elegancia de la dicción; entre nuestros teólogos por la copia y alteza de la doctrina; entre nuestros escriturarios por la lucidez de la interpretación.”

     La M. Ágreda, fue una mujer con una inteligencia luminosa y, sobre todo, con un corazón apasionado, profundamente enamorado de Dios, esto lo vemos plasmado en todos sus escritos, hasta en las cartas dirigidas al  Rey Felipe IV.  Fue una escritora fecundísima, autora de una serie de obras y cartas de diversos matices, algunos con enseñanzas admirables de política, siempre con un sentido completamente cristiano y moderno. Otras con contenido místico, donde se pueden ver sus méritos de escritora mística, de fuerza, inspiración, de virtud creadora. Esto se debió en parte a que, a medida en que  María de Ágreda fue evolucionando en las diferentes etapas de la vida espiritual y mística, sus escritos iban adquiriendo más madurez. Por ejemplo, sus primeros escritos son de un estilo más juvenil, más vivos, más sencillos, más expresivos; si bien exponen ya las ideas y frases con el orden admirable de su “varonil”  y disciplinado entendimiento.

     Sin embargo, Sor María no es una escritora por el sólo hecho de serlo, es decir, la mayoría de sus escritos, fueron redactados por la obediencia de la Madre Ágreda a sus confesores y directores espirituales y por supuesto, por mandato divino. Muchos de sus grandes obras, no hubiesen existido sino es porque Sor María veía en los mandatos de sus confesores la voluntad de Dios, por lo cual no podía resistirse a las órdenes de sus prelados. Ella, misma nos lo dice en su más destacada y gran obra, la Mística Ciudad de Dios:

     “Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su beatísima Madre, que por muchos años me lo ha mandado; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso lo sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la Santa Iglesia católica romana, a cuya censura y enseñanza, como hija suya, protesto estar sujeta, para creer y tener sólo aquello que la misma a  santa Iglesia nuestra Madre aprobare y creyere y para reprobar lo que reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir. Amén.”

     Según los entendidos en la materia, estas características de escribir por mandato divino y en obediencia a los confesores, era común en la época debido a la condición de inferioridad en las que se encontraba la mujer, esto le confería cierta autoridad a su escritura.

     Sin embargo, “la escritura de María de Ágreda entra, como toda su vida, en el mismo proceso de obediencia radical. Para ella escribir fue una de sus principales penitencias.” (François Bonfils). Esto se ve palpable en la Mística Ciudad de Dios. Sor María, se resistió por espacio de diez años a escribir esta obra, en cuanto hubo escrito la primera versión, por obediencia a un confesor anciano, decididamente contrario a que las mujeres se pusieran a escribir de cosas teológicas, quemó todo el manuscrito. Sólo doce años después, por mandato de otro confesor, el P. Andrés de Fuenmayor, emprendió bajo su obediencia, la segunda redacción de la vida de la Virgen, en torno al año 1655, quedando concluida el 6 de mayo de 1660.

     María Coronel Arana, es también, una escritora que investiga los temas que va a tratar; que pregunta, que no se queda con las dudas. Como lo haría cualquier escritor contemporáneo. Poseía una bibliografía abundante, que aún se conserva en su monasterio. Es una escritora que habla de lo que sucede en su época y de las corrientes que están en boga en el tiempo en que le toca vivir. No podría ser de otra manera, cualquier escritor está influenciado por su entorno, de ahí que en ocasiones resulte un poco difícil leer a esta mujer, pues, Sor María de Jesús, vivió en el Barroco. Una de las características más comunes en la literatura del Barroco era escribir con estilo elegante, “sublime”, por esto el lenguaje que utiliza María de  Ágreda en sus escritos suele ser muy elevado y muy adornado, tal como sucede con el arte del Barroco.

     Pero, si quitamos todo ese ropaje del Barroco, nos encontraremos con páginas hermosas, llenas de mensajes que hablan al corazón y cantan las más bellas alabanzas al Señor y a la Virgen María.  Es lo único que quiso Sor María, glorificar a su Creador y honrar a María Inmaculada. Y para ello sus escritos fueron una fuente arrolladora. Quiera Dios que el lector de sus obras se acerque a ellas no sólo buscando conocer a esta mujer sino también buscando conocer a Aquel que fue su máxima inspiración.

     Para finalizar, reproducimos textualmente unas palabras que escribió el P. Andrés Ocerín Jáuregui, en ocasión al III Centenario de Sor María de Jesús de Ágreda en 1902, publicadas en Tarazona. El P. Ocerín nos describe hermosamente algunas de las características del estilo literario de dos mujeres que son grandes místicas y escritoras españolas.

     “Cada autor imprime en sus escritos el sello propio que suele revelarnos, no solamente el carácter moral, sino también la constitución física, la educación, y aun la clase de vida que ha llevado: y así Santa Teresa y María de Jesús hacen del papel el confidente de sus almas, a él confían sus secretos más íntimos, le explican los más delicados sentimientos del corazón y en él nos dejan el fiel retrató de su gran espíritu.
     Teresa es la personificación del amor espiritual que abrasa, que ciega, que vuela, que prorrumpe en fuertes gemidos así que pierde de vista a su Amado, que se alboroza y salta de alegría al encontrarle.
     Sor María de Ágreda es la encarnación del amor que alienta, que discurre, que anda siempre reflexivo, pausado y quieto, que se adormece en la dicha, que languidece en la contrariedad: María es el ángel temporalmente desterrado del Cielo, que alaba y abraza a Dios en poseyéndolo, y suspira como tórtola al perderle de vista.
     Teresa ve a Dios y quiere poseerle. Sor María lo ve y quiere ganarlo. María de Jesús para gozar a Cristo, quiere imitarle, y para esto se mortifica. Teresa va a la mortificación para estar unida con él. María de Ágreda va en busca de Jesús. Teresa le sale al encuentro. María le adora. Teresa le abraza. María reza. Teresa canta. Ésta es más alegre; María más grave y severa. Ésta es más retirada y silenciosa; Teresa más resuelta. María ha estudiado el mundo; Teresa lo ha sorprendido. Teresa tiene más sentimiento; María más entendimiento. Teresa es una mujer sin igual; María es un hombre por su rara madurez y gravedad.
     En sus escritos, como en sus caracteres, Teresa es apasionada, impetuosa, agitada y traviesa; Sor María es reposada sin abandono, activa sin agitación, afanosa sin inquietud.
     Sor María discurre, convence, persuade y agrada; Teresa seduce y arrastra. María es filósofa y teóloga eminente; Teresa es más poeta: de aquí es que hallamos en sus obras interrupciones sin cuento, da rienda suelta a la imaginación y pasa a lo mejor de una explicación filosófica a una poesía vehemente; parece que nada le importan el método, el orden y el estilo, y, sin embargo, sus escritos resultan hermosos sin comparación; siente y escribe. María de Ágreda mantiene, en cambio, un orden perfecto, pasa de un punto a otro, demostrando de antemano la trabazón que mutuamente mantiene; analiza el valor de las palabras con todo cuidado, y, a pesar de ser más científica, sabe dar amenidad, curiosidad y una hermosura sin igual a sus libros. María de Jesús siente, pero antes de escribir medita.”
La Consejera


Felipe IV, rey de España, de quien recibió consejos de sor María de Jesús

     Otra faceta de Sor María de Jesús de las que se ha escrito muchísimo y, ha sido tema de largas ponencias y debates, es la de Consejera, especialmente, la que ejerció en favor del rey Felipe IV, si bien no se limita sólo a este personaje.

     El 10 de julio de 1643, en Ágreda, se presentó por primera vez, nada menos que, el rey de España, Felipe IV. María Coronel Arana contaba 41 años de edad, y el Rey hacía pocos meses que se había desprendido del valido Conde-Duque de Olivares que por espacio de 20 años había dirigido toda su política.  Por causa de la sublevación de Cataluña, el Rey se vio obligado a visitar a los escenarios de la guerra; y es así, como en ruta a Zaragoza quiso desviarse a Ágreda para conocer a Sor María. Tras el encuentro histórico se inicia una profunda estima y amistad entre el Rey y María de Ágreda, que tendría para ésta,  el sentido de una responsabilidad apostólica de nuevo tipo. En efecto, desde el primer momento, Sor María asumió el peso de una singular protección sobrenatural sobre la casa real española.

     Felipe IV deja dicho a la Madre Ágreda que le escribiera: “Pasó por este lugar y entró en nuestro convento el rey nuestro Señor, a 10 de Julio de 1643, y dejóme mandado que le escribiese”, escribe Sor María. Esta correspondencia epistolar durará 22 años, hasta la muerte de María de Ágreda (1665). Fueron 618 cartas entre ambos en total. La primera carta escrita por Sor María lleva fecha de 16 de julio; y la primera del Rey es del 4 de octubre de 1643.

    En el primer encuentro la Abadesa habló ya al rey de la Mística Ciudad de Dios, pues estaba redactando la primera versión de la misma. Luego, el 19 de abril de 1646 pasó nuevamente por Ágreda el Soberano con su hijo, el príncipe Baltasar Carlos, y después de la muerte de éste, pasó por tercera y última vez, a visitar a Sor María, el 5 de noviembre del mismo año.

     Con  respecto a la influencia que ejerció Sor Maria de Jesús sobre el Rey Felipe IV, Francisco Silvela, nos dice lo siguiente:

     “Permaneció (Sor María) ajena á toda intriga ó personal ingerencia en sucesos políticos, á despecho de las facilidades que le brindaron las circunstancias, y de los intentos que para utilizar su influencia sobre el ánimo del Rey descubren, en más de una ocasión, amigos y allegados.
     Apenas se encuentra en el personaje histórico á la mujer, con vida propia, con personales aspiraciones de secta ó de peculiar interés ó pensamiento, como acostumbran tener todos aquellos, que con fines diversos, influyen en la dirección política de las sociedades; era la pura encarnación de la doctrina cristiana, aplicada al gobierno del pueblo español en el siglo XVII, el órgano de una inspiración que debía pasar de Dios al Rey, conmoviendo su alma, y dirigiendo su pluma, sin poner ella otra labor propia, que su pureza de intención y vida, para servir como menudo instrumento á los fines eternos de Dios y su Iglesia, que debían ser secundados por una Monarquía sujeta á los preceptos del Evangelio, en sus medios y en sus fines, y destinada, en primer término, á defender la verdad católica, y conservarla
.”

     Y es que para Sor María su misión principal era infundir ánimos en el Rey, así como fortalecer la voluntad y la conciencia del Soberano y, por supuesto, le movía el celo por salvar el alma del Felipe IV y de toda la Monarquía. No podía haber en ella doblez de corazón.

    Además de la casa real española entró en contacto con la nobleza de países europeos como Francia, Alemania, Italia y América.

    Sor María de Jesús también mantuvo correspondencia con el Virrey Don Fernando de Borja y otros elevados personajes de Zaragoza y de Aragón. El Papa  Alejandro VII le quedó muy reconocido por la carta que le dirigió. El Nuncio de S.S. Julio Rospigliosi, futuro Papa Clemente IX, visitó personalmente a Sor María, de la cual fue un sincero admirador. Obispos, arzobispos, cardenales, eran corresponsales suyos o confidentes espirituales. Acuden a ella teólogos y hasta el General de la Orden de la Merced.

     Pero, Sor María de Jesús no sólo fue confidente o consejera de personajes importantes, no. Al torno de su convento se acercaban todo tipo de personas, pobres, necesitados, mujeres, mendigos, etc., ninguna de estas personas se alejaban sin  un consuelo, sin una palabra de aliento sin una ayuda espiritual o bien material de nuestra Madre Ágreda, pues la caridad era su principal virtud y el celo por los pobres y los necesitados, su bandera. Y es que esta mujer es como ella misma dice: “una indigna sierva del Señor” que sólo deseaba servir a su santo Creador.

Cuerpo incorrupto de la Sierva de Dios María de Jesús de Ágreda que se conserva en su monasterio de MM. concepcionistas.

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MM Concepcionistas Franciscanas
Monasterio de la Purísima Concepción
C/ Vozmediano 27
42100 Ágreda (Soria)
Telf. 976 64 70 95