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miércoles, 18 de junio de 2014

Sierva de Dios Mª Cristina de la Cruz Arteaga

Primeros años

La Madre Cristina de la Cruz, en el siglo María Cristina de Arteaga y Falguera, nació en Zarautz  (Guipúzcoa) el 6 de septiembre de 1902. Era la cuarta de los nueve hijos que tuvieron don Joaquín de Arteaga y Echagüe, marqués de Santillana entonces, y después duque del Infantado, y doña Isabel Falguera y Moreno, condesa de Santiago.

La relación de este matrimonio con la Casa Real española hizo que la Reina María Cristina apadrinase a Cristina en el bautismo de ahí que le pusieranel nombre de la regia madrina.

En el hogar paterno recibió Cristina una esmerada educación cristiana. El buen ejemplo y la sentida y asidua práctica religiosa de los padres, marcaron en ella una fuerte religiosidad.

Se examinaba por libre en el Instituto de San Isidro donde con máximas calificaciones terminó los estudios de bachillerato con 15 años. Desde la más tierna edad se sintió atraída por la lectura, la escritura y la oratoria.
Juventud

Una nueva y brillante etapa se abrió para Cristina cuando entró en la Universidad Central de Madrid a estudiar la carrera de Ciencias Históricas. Terminó la licenciatura en el año 1920 con premio extraordinario y le concedieron la Gran Cruz de Alfonso XII por su brillante expediente académico. También le dieron premio extraordinario por su tesis sobre El Venerable Don Juan de Palafox y Mendoza, en 1926.
Durante esta etapa juvenil, Cristina tuvo una vida social e intelectual muy activa: militó en la Confederación Católica de Estudiantes y daba con gran éxito mítines y conferencias en Madrid y en otras provincias al lado de los mejores oradores de la Confederación. En la Acción Católica fue nombrada presidenta. Publicó en 1924 el libro de poesías Sembrad, que fue prologado por Antonio Maura.

Vocación religiosa

Los triunfos que iba alcanzando Cristina en su juventud por los que era muy admirada, y  por los que los jóvenes la festejaban y pretendían, no llegaban a satisfacer sus inquietudes; se encontraba, según sus palabras “queriendo casarme y viendo que no lo quería Dios”.
Empezaba a comprender y a ver como una realidad, posible e inmediata, la vocación que sentía desde temprana edad, como lo deja reflejado en unos esquemáticos apuntes: “Vocación que casi precede a la razón. O monja o bailarina. […] Me cierro. Intimidad con Jesús. La Primera Comunión. Promesa de pertenecerle. Cómo hablaba con él en la capilla de la abuelita (mi confidente). […] Viaje a Roma. En el llamamiento del Aventino.

Después de consultarlo con confesores y directores espirituales, y segura de su vocación, entra en la abadía benedictina de Santa Cecilia de Solesmes el 16 de julio de 1926. Pero no le resultó bien este intento de vida monástica, ya que poco antes de tomar el hábito tiene que salir debido a una enfermedad de carácter psíquico que la tuvo postrada y enajenada durante unos seis meses.

                                Exterior e interior de la Abadía de santa Cecilia de Solesmes, Francia
                     Escuela de canto de la comunidad de las monjas benedictinas de santa Cecilia de Solesmes.

Ya recuperada en otoño de 1929 se entrevista en París con el Abad de Solesmes quien le indica que vuelva a España y en oración, recogimiento y estudio, esperase se manifestara la voluntad divina. Vuelve resignada a casa de sus padres, confirmándose así lo que le había dicho el Padre Rubio: que Dios la quería  monja pero en España.

El fracaso de ese intento monástico estaba claro, pero ella no perdió la esperanza de la vocación monástica que sentía, e intensificó el plan de vida que a raíz de su curación se había trazado: se dedicó con ahínco a la oración y a la penitencia; se apartaba de la vida social propia de su clase y juventud; vestía con discreción y de negro; se entregaba de lleno al estudio y a la investigación histórica.

Vocación jerónima

Desechado el retorno a Solesmes, Cristina buscaba el lugar donde Dios la quería para vivir en clausura monástica. Siguió con muchas consultas y luchas y fue el 11 de mayo de 1931, cuando en casa de su amiga Teresa Igual, tomó contacto con dos monjas de la Concepción Jerónima de Madrid, que se encontraban refugiadas allí. También se encontraba allí don Cipriano Martínez Gil, el Capellán de las monjas, que luego se convertiría en el director espiritual de su alma.
Cristina entra en al Concepción Jerónima el 28 de octubre de 1934 y toma el hábito el 29 de abril de 1935. Superadas las dificultades propias de la vida religiosa (horarios, comidas, vida común, obediencia…) y decidida a consagrarse a Dios, pidió por escrito al Visitador la primera profesión que tuvo lugar el 18 de mayo de 1936.

Dos meses habían transcurrido de su profesión cuando el 18 de julio de 1936 estalla la guerra civil española y las monjas de la Concepción Jerónima se vieron obligadas a abandonar el monasterio el día siguiente. Poco después el convento fue convertido en cuartel de la brigada Lister. Le tocó pasar de una a otra casa hasta terminar en la Embajada de Argentina. Por fin con el Embajador de Argentina viajó en coche a Alicante y el 6 de enero de 1937 se embarcó hacia Marsella y de allí pasó a Biarritz para reunirse con su madre y hermanas.
Pero poco tiempo pasa con su familia ya que el Padre Torres y unos amigos planifican un viaje a Sevilla e invitan a Cristina a que los acompañe. Estando allí visitan el monasterio de Santa Paula y las monjas la acogieron con gran amor y el Padre Torres la anima para que entre en este monasterio.


Poco duró la tranquilidad de Santa Paula ya que en febrero de 1938 enferma, y tiene que salir con urgencia para someterse a una intervención quirúrgica en San Sebastián.
La operación fue bien pero la recuperación, que la pasa en casa de sus padres, fue lenta. Todo ese año dice que fue feliz en medio de los sufrimientos, dedicada al silencio, a la oración y a la clausura en casa.
En enero de 1939, estando sor Cristina todavía convaleciente en casa de sus padres en Lazcano, la visita monseñor Gaetano Cicogniani, entonces Administrador Apostólico cerca del gobierno de Franco, y después Nuncio Apostólico en España. Venía a hablarle de la misión especial que el Papa Pío XII le había encomendado acerca de las monjas de clausura. Quería enterarse de la situación en que estaba nuestra Orden. Sor Cristina recibió esta visita como una consigna de lo Alto.

                              Exteriores e interiores del Monasterio de santa Paula de las monjas jerónimas de Sevilla.

El retorno a Sevilla y la transfiliación a la comunidad de Santa Paula fue expresa voluntad de la jerarquía. El señor Nuncio en persona fue a darle la noticia. Entra en la clausura en la fiesta de la Epifanía del Señor de 1942. Y la profesión solemne tan retrasada por los años de guerra y de enfermedad, la hace el 9 de mayo de 1943. Con la profesión solemne, sor Cristina adquirió todos los derechos y obligaciones de la Orden Jerónima y las monjas en la primera oportunidad que tuvieron la eligieron Priora de Santa Paula el 20 de abril de 1944, cargo que ocupó hasta su muerte. Ya Priora de Santa Paula, emprendió la tarea de elevar la vida espiritual, la formación y las observancias monásticas de las monjas, sin olvidar la restauración de las dependencias monacales y la organización del trabajo.


En el resurgir de Santa Paula de Sevilla, la madre Cristina no se olvidó de los otros monasterios de la Orden. El señor Nuncio la había mandado a Sevilla precisamente con la misión de levantar la vida de los monasterios de la Orden jerónima y crear entre ellos una federación para una mutua ayuda, y ella desde el primer momento quiso ser fiel a este encargo. Federación que empezó a existir antes de ser constituida como tal, lo que tuvo lugar en septiembre de 1958. El 25 de septiembre en el Primer Capítulo General de la Federación es elegida Priora General, siendo elegida en sucesivas elecciones hasta su muerte.

Una de las obligaciones que la madre Cristina tenía como Priora General de la Federación era visitar los monasterios dos veces durante cada sexenio. Las actas de las visitas revelan el espíritu de entrega, humildad, fe, caridad y estrecha unión con Cristo que tenía la madre Cristina. Esto quedó reflejado también en los escritos que la Madre dejó en cada monasterio, y en la memoria que guardan las monjas de su convivencia con cada comunidad.

Actividad intelectual

La madre Cristina consideraba que el trabajo intelectual, a ejemplo de san Jerónimo y la tradición de la Orden jerónima, también formaba parte de la vida y del trabajo monástico jerónimo. Por ello siguió con la pluma en la mano como un medio monacal para santificarse y ofrecer al mismo tiempo a los demás el fruto de ese trabajo. Prueba de ello son los libros que escribió, los discursos que pronunció, artículos en revistas (como por ejemplo en “Vida Sobrenatural”), participación en semanas monásticas, etc.


Fue nombrada miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Madrid en 1944 y de Buenas Letras en Sevilla en 1967, y numeraria en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla en 1973. También fue nombrada hija adoptiva de Granada y tuvo otras menciones y premios.

Vida espiritual y monástica

La madre Cristina estuvo marcada por una fuerte espiritualidad contemplativa. En el claustro monacal encontró el lugar propicio que ansiaba. Para ella la oración litúrgica era algo fundamental, la cuidaba, la vivía y quería que fuese el centro de la vida monástica. Quería que el oficio coral y las celebraciones litúrgicas se hiciesen sin prisa, con solemnidad, con canto. «Nuestra oración –decía a sus hijas- debe ser fundamentalmente litúrgica, ha de apoyarse en el Oficio divino primorosamente ejecutado y cantado, no nos cansemos de tender a esta perfección, de alimentarla con el estudio y la lección de las Sagradas Escrituras, sobre todo del Evangelio y los salmos y así brotará la oración amorosa que debe envolver toda nuestra vida, el cultivo de la presencia de divina que aureola y santifica nuestro trabajo».
A la oración litúrgica y como un complemento inseparable, unía la oración personal. Pasaba horas y horas en oración. Esta práctica de oración la inculcaba mucho en sus hijas, nunca se cansaba de inculcarles estos ratos personales de intimidad con el Señor.

                                                                    Monjas jerónimas

Vivió entregada para elevar la vida monástica jerónima. Los monjes y monjas que acudían a ella y aún sin acudir, guardan buenos recuerdos de su mucho amor por la Orden y por sus miembros. También la madre Cristina extendió su amor monástico a otras familias religiosas, ayudando a los religiosos y religiosas que solían acudir a ella buscando consejo u otros menesteres.
Las monjas apreciaban la veneración y amor que sentía por la Iglesia y por el Romano Pontífice, aconsejándolas que siempre siguiesen las directrices del Papa y caminasen fieles a su Magisterio.
La madre Cristina murió el 13 de julio de 1984 en el Monasterio de Santa Paula de Sevilla. Murió como había vivido, amando y aceptando la voluntad de Dios. “El dolor será fecundo”, fueron unas de sus últimas palabras.
                       Monjas jerónimas de santa Paula de Sevilla adorando al Santísimo Cuerpo de Cristo

Proceso de Canonización

La madre Cristina fue considerada en vida como una monja de grandes virtudes, de mucha espiritualidad y de observancia monástica. Por considerarla como un modelo de virtudes a imitar y por ello un estímulo para las monjas y monjes jerónimos, y para las almas consagradas, así como para los aspirantes a la vida monástica y contemplativa, se abrió el Proceso de Canonización el 28 de mayo de 2001. El 15 de septiembre del 2009, en el Monasterio de Santa Paula de Sevilla, se clausuró el Proceso Diocesano sobre la vida, virtudes y fama de santidad de la sierva de Dios Madre Cristina de la Cruz, y estuvo presidido por el Sr. Cardenal D. Carlos Amigo Vallejo. En dicho acto se cerraron las tres cajas con toda la documentación recogida sobre M. Cristina. Una de esas cajas se llevó al Arzobispado de Sevilla y las otras dos viajaron a Roma en noviembre de ese mismo año.
La clausura no se podría haber llevado a cabo sin la inestimable y desinteresada ayuda y dirección de D. Teodoro León Muñoz, Promotor de Justicia del citado Proceso, Delegado para la Causa de los Santos y Vicario General de la Archidiócesis de Sevilla.

Arriba, clausura del proceso diocesano presidida por el entonces arzobispo de Sevilla el cardenal Carlos Amigo, hoy emérito. Lacrado de las cajas documentales que se enviaron a Roma.
En marzo del año 2010 tuvo lugar en Roma la apertura de las cajas, y con este acto quedaba abierto el Proceso en el Vaticano. El Postulador que lleva la Causa es el Padre Javier Carnerero Peñalver, Procurador y Postulador General de la Orden Trinitaria.
Actualmente se están ampliando algunos testimonios y declaraciones. Roguemos a Dios para que pronto la veamos en los altares.

Uno de sus libros que recomendamos leer:
 "Tras la Huellas de san Jerónimo" Vida de la Madre Cristina de la Cruz Arteaga. Ed. Akron. Araceli Casans y de Arteaga.



ORACIÓN (para uso privado)

Oh Dios, que concediste a tu sierva Cristina el don de una vida monástica consagrada a tu alabanza, a la oración, al trabajo, al estudio amoroso de las Sagradas Escrituras y al servicio de los demás. Haz que, siguiendo el ejemplo de tu sierva, vivamos nuestra fe con espíritu de oración y servicio, y si es tu voluntad, concédenos por su intercesión, la gracias que te pedimos... y ayúdanos a buscar y aceptar tu voluntad divina en todos los momentos de nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor. (Padrenuestro, Avemaría, Gloria).

La sierva de Dios Mª Cristina de la Cruz recibe el cuerpo de Cristo de manos de San Juan Pablo II en su primera visita a España en Sevilla en 1982.

Se ruega a quienes obtengan gracias por intercesión de la Sierva de Dios lo comunique a:
"Causa de Canonización M. Cristina de la Cruz". 
MM. Jerónimas
Monasterio de santa Paula
C/ Sta. Paula, 11 
41003 Sevilla

domingo, 15 de junio de 2014

Sierva de Dios Mª Cristina de Jesús Sacramentado

Mª Cristina de Jesús Sacramentado (Cristina de los Reyes Olivera) de quien estamos incoando el Proceso de canonización en este día de su santo -de santa cristina de Bolsena, mártir del siglo III-, nació y fue bautizada en Sevilla en julio de 1890. Su padre se llamaba José y su madre Elisa.
                                                               Sus padres, José y Elisa.
                                                         Cristina con pocos años en Sevilla.
                                                           Parque de María Luisa, Sevilla.
                                                                                  Catedral de Sevilla.
                                                                     El río Guadalquivir a su paso por la Torre del Oro.

Ya en 1894 se encuentra la familia en Huelva, adonde se ha trasladado poco antes, buscando mejorar económicamente y prosperar en el trabajo de ebanistería en el que don José es un gran experto.
                                                     Cristina en la época de su estancia de Huelva.
En fecha desconocida recibe la primera comunión. En 1902 muere su madre Elisa. Al año siguiente se casa su padre con Dolores Olivera, hermana de su mujer anterior. De este matrimonio tiene tres hijos: dos hermanos y una hermana a los que Cristina amaba entrañablemente, desviviéndose por ellos.

                                                         Vista panorámica aérea de Huelva
                                                             Vista de Huelva
En 1913 muere el padre. Cristina comienza a trabajar en la fonda Ávalos de Huelva. A sus 26 años, en 1916 recibe el Sacramento de la Confirmación de manos del hoy ya beatificado el beato D. Manuel González García, hasta entonces arcipreste de Huelva y recién consagrado Obispo auxiliar de Málaga.En estos años (1918-1919) comienza Cristina a tomar como guía al padre agustino José Fariña, que se interesará grandemente por su bien espiritual. Martirizado en la persecución religiosa de 1936-1939 en España. Ya está introducida su causa.Hecho el discernimiento vocacional requerido con la ayuda del P. Fariña, entra Cristina en el convento de las Carmelitas descalzas de Ogíjares (Granada) el 24 de enero de 1921. La toma de hábito tiene lugar el 15 de agosto de 1921 y la Primera Profesión el 20 de agosto de 1922. La Profesión Solemne, el 21 de agosto de 1925.
                           Fachada y hornacina de la entrada al Carmelo descalzo de Ogíjares (Granada)
                                                                           La hermana Mª Cristina de postulante
                                                         Toma de hábito en Ogíjares
                                                                           La Hna. Mª Cristina, de novicia
                                                                         Hna. Mª Cristina de novicia sacristana
Después de 24 años en el convento granadino sale de Ogíjares el 30 de abril de 1946, siendo una de las seis descalzas que hacen la fundación del monasterio de la Santísima Trinidad de San Fernando, que se inauguró el 15 de octubre de 1946.
                                  Fachada del monasterio de la Santísima Trinidad, de San Fernando, Cádiz
                                              Patio claustral del monasterio de la Santísima Trinidad de San Fernando
Llena de años y de méritos y con fama de santidad muere en San Fernando el 24 de marzo de 1980, hace ahora 25 años.
                                             La Hna. Mª Cristina de cuerpo presente en el coro bajo.
La fama de santidad de Cristina sigue creciendo especialmente en estas tierras y se va propagando por el mundo.

El soporte auténtico de esa fama es el ejercicio de las virtudes que acompañaron su vida.

Su vida estuvo atravesada por enfermedades constantes, significándose por un deseo ardiente de ir a ver a Dios.
Su camino espiritual no fue nada fácil. Tenía bien asumido lo que le decía su madre Santa Teresa que “la vida del buen religioso y de los allegados amigos de Dios era un largo martirio” [Camino de Perfección 12,2].

A este “martirio” se sumaron las grandes pruebas y cruces que tuvo que vivir por varios motivos, entre otros, por la fama de santidad que la acompañaba desde antes de entrar en el convento, que la siguió dentro de la clausura y que fue una verdadera cruz para ella por andar en boca de las gentes. Al halo de santidad se añadía la fama de gracias extraordinarias, visiones, revelaciones, etc., y se añadía el inconveniente de visitas y más visitas de quienes la querían ver y consultar. Algunas disposiciones de los superiores y visitadores apostólicos le resultaban especialmente mortificantes. Hay que admirar su temple espiritual en medio de tantas tribulaciones: Dejó escrito: “Estoy contentísima con todo y veo en todas las cosas la mano de Dios.

No pierdo la presencia de Dios. Tengo una paz muy grande. Las humillaciones son el oxígeno de mi alma. Sin ver ni entender nada, nada más que por pura fe, de que Dios lo quiere me basta para estar contenta y alegre. Tengo lo que tanto he pedido desde hace dos años y medio: que me diera nuestro Señor toda calase de sufrimientos que en el mundo hubiera y nuestro Señor no se ha descuidado conmigo”.

Ni las pruebas espirituales ni las enfermedades lograron apagar la alegría característica en que vivía, ni erosionar su simpatía natural ni desdibujar su sonrisa interminable.


Las mercedes especiales de Dios hacia ella no la alienaban o apartaban de la preocupación espiritual por los hermanos, todo lo contrario. En su biografía hay un capítulo necesario que se titula: “Lo extraordinario en la vida de Cristina”.Al final del estudio detallado que allí se hace sobre el tema, se dice: 

«Cuando irrumpe en su vida ese mundo especial de lo “sobrenatural o preternatural” viene el Señor con nuevos auxilios y luces, porque así a él le place, para asociarla más y más y mejor a la Cruz de Cristo y hacerla experimentar la propia nada y para levantarla desde ese abismo a las alturas de la santidad. Famosa sí por estos fenómenos especiales, pero más famosa en razón de las virtudes que ha practicado y por ellas no por aquellos, subirá a los altares, si así lo quiere el Señor.»


Entre sus virtudes se señala el espíritu de oración, la laboriosidad, la sencillez y la humildad.

Es alguien llena de empatía, solícita por el bien de los demás, en especial por la vida cristiana de los suyos: hermanos, sobrinos, resobrinos.

Y como envolviéndolo y ungiéndolo todo sobresale su amor a Dios y al prójimo en los que se sustancia la verdadera santidad.
                                               Con la comunidad. Abajo a la izquierda
                                                                   Abajo en el centro.

Cristina no es ninguna doctora de la Iglesia; sus estudios fueron muy reducidos, pero con ese pequeño bagaje supo ser apóstol y consejera extraordinaria, como lo demuestra su epistolario. A su apostolado escrito hay que añadir el gran bien que hizo a tantas y tantas personas que acudían a ella: a lo que podríamos llamar su consulta espiritual.

De su presencia salían animados y consolados. Desde su “rudeza” alentaba eficazmente a ser santos.

A lo largo de su vid había formulado su gran lema: “Orar, callar y sufrir”, y sus tres amores: “La Eucaristía, la Virgen, la Cruz”.De este lema y de estos amores vivió en profundidad. De sus tres amores hay catequesis abundante en sus Cartas y otros pequeños escritos. Alma carmelitana de altura, encandila con su sonrisa interminable y con su mirada alegre ilumina a sus devotos y los anima a intimar con el Señor, a alimentarse con el Pan del cielo y robustecidos con él, empuja a abrazar la voluntad divina con generosidad.

Su acción benéfica se va extendiendo por el mundo, pero no olvida Cristina a sus familiares, a San Fernando y sus gentes, a sus conventos de Ogíjares, al de la Isla en el que reposa, no se olvida tampoco de Sevilla donde nació y la acristianaron, ni de Huelva donde se crió, ni de su Orden del Carmen Descalzo, ni de los sacerdotes por los que tanto oró y se sacrificó, siguiendo las huellas de Santa Teresa.


Para comunicar gracias, favores donativos, dirigirse a:

Madres Carmelitas descalzas
Monasterio de la Santísima Trinidad
C/ Real 224
San Fernando (Cádiz, España)
Tlfno.: 956 881 336