http://www.bloguerosconelpapa.org

miércoles, 28 de enero de 2015

Origen, desarrollo y Teología del culto a los Santos


Antes de nada, debemos recordar que la Iglesia celebra el misterio de Cristo en todos los tiempos del año litúrgico. Las fiestas en honor de los Santos no forman un ciclo litúrgico independiente, ya que en ellos se prolonga y actualiza la Pascua de Cristo en el tiempo. Hasta el punto de que podemos afirmar que manifiestan la eficacia del misterio de Cristo, capaz de transformar en cada generación a hombres «de toda raza lengua pueblo y nación» (Ap 5,9). El catecismo, citando la Sacrosanctum Concilium, recuerda la indisoluble unidad entre las fiestas de los Santos y el misterio pascual de Cristo: «Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los mártires y los demás Santos, “proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él; propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos”» (Catecismo 1173).

Joseph Ratzinger escribió que los Santos son «la verdadera apología del cristianismo, la prueba más persuasiva de su verdad». Después de acceder a la cátedra de Pedro, ha afirmado que su testimonio es la fuerza más convincente del cristianismo: «…más incisiva aún que el arte y la imagen en la comunicación del mensaje evangélico. En definitiva, solo el amor es digno de fe y resulta creíble. La vida de los Santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras». Los ha presentado como una perenne actualización del Evangelio: «Cuando la Iglesia venera a un Santo, anuncia la eficacia del Evangelio y descubre con alegría que la presencia de Cristo en el mundo, creída y adorada en la fe, es capaz de transfigurar la vida del hombre y producir frutos de salvación para toda la humanidad»; y como los mejores intérpretes de la Biblia: «La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua […] Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios».

Normalmente, los libros de liturgia colocan el inicio del culto a los Santos en la veneración antigua hacia los difuntos y, en ambiente cristiano, en la celebración del dies natalis de los mártires (con el sentido de aniversario de su muerte, día de su nacimiento para la vida eterna). Sin embargo, junto con estas realidades, no podemos olvidar que los israelitas, en sus oraciones, hacían memoria de los antepasados justos, a los que consideraban intercesores ante Dios. Lo podemos ver en varios pasajes de la Biblia, como cuando Moisés ora por el pueblo, diciendo: «Acuérdate de Abrahán, Isaac y Jacob, siervos tuyos» (Ex 32,13). También los jóvenes en el horno de fuego, dicen: «No nos retires tu amor, por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu consagrado» (Dn 3,34-35). Y el salmista ora: «Por amor a David, tu siervo, no des la espalda a tu ungido» (Sal 132 [131],10). En polémica con los saduceos, que negaban la resurrección, Jesús mismo citó la Escritura, que pone a los patriarcas por intercesores ante el Altísimo, diciendo: «No es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Finalmente, el Apocalipsis habla del culto de los redimidos ante el trono de Dios: los veinticuatro ancianos (imagen de los 12 padres de las tribus de Israel y de los 12 apóstoles) tenían en sus manos «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los Santos» (Ap 5,8). Estas consideraciones bíblicas nos permiten descubrir que el recuerdo que hacía Israel de sus antepasados, convencidos de que ellos están vivos y de que interceden por su pueblo ante el Señor, es la verdadera raíz del culto cristiano a los Santos.

La fe cristiana en la vida eterna ha dejado numerosas inscripciones en las catacumbas. Se consideraba a los mártires válidos intercesores ante Cristo, porque habían participado plenamente de su Pascua. Por este motivo, muchos se querían enterrar cerca de sus tumbas, convencidos de que los mártires podrían darles una mano en el momento del juicio. El amor hacia los que han testimoniado su fe hasta la muerte no interfiere con la fe en Cristo, único salvador. En sus escritos, numerosos Padres de la Iglesia distinguen claramente entre el culto ofrecido a Cristo y la veneración que se tiene hacia los mártires: «Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor» (Martirio de Policarpo 17,3, citado en Catecismo 975). San Agustín explica que la Iglesia conmemora a los mártires «para animarse a su imitación, participar de sus méritos y ayudarse con sus oraciones, pero nunca dedica altares a los mártires, sino solo en memoria de los mártires. La ofrenda se ofrece a Dios, que coronó a los mártires».

Pronto, a la veneración de los mártires se unió la de los confesores, que habían sufrido persecución a causa de la fe, aunque no llegaron a la muerte violenta. Posteriormente, se añadieron las vírgenes, los monjes y los pastores que se distinguieron en vida por su piedad. La devoción a los Santos se desarrolló extraordinariamente en la Edad Media y en el barroco. La última reforma litúrgica ha conservado en el Martirologio el recuerdo de los numerosos Santos que han enriquecido a la Iglesia a lo largo de su historia. Sin embargo, solo propone con carácter universal la celebración de unos pocos representantes de las distintas épocas, lugares geográficos y estados de vida. Los demás han sido reservados para los calendarios particulares de las Iglesias locales y de las familias religiosas.

Teología del culto a los Santos 

La Iglesia, al canonizar a algunos de sus miembros después de un complejo proceso de verificación, proclama públicamente que han sido fieles a la gracia de Dios, practicando heroicamente las virtudes. De esta manera, «reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella y sostiene la esperanza de los fieles, proponiendo a los Santos como modelos e intercesores» (Catecismo 828). Por eso, el Papa ha llegado a decir que «no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus Santos. La luz sencilla y multiforme de Dios solo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los Santos, que son el verdadero espejo de su luz». La liturgia los llama «los mejores hijos de la Iglesia» (Prefacio del día de Todos los Santos).

Benedicto XVI ha recordado en distintas ocasiones la perenne actualidad de los Santos, que son «signo de la novedad radical que el Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, ha injertado en la naturaleza humana, e insignes testigos de la fe. No son representantes del pasado, sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad». 

Ante todo, los Santos son modelos de vida para los cristianos porque se han identificado con Cristo, cada uno en su propio estado y condición. Los Santos nos recuerdan que todos estamos llamados a vivir en plenitud la vocación bautismal, especialmente mediante la práctica de las bienaventuranzas. Ellos testimonian que el mensaje de Cristo es siempre actual ya que, en distintas épocas y lugares, han sido capaces de encarnar el evangelio y de hacerlo creíble. Santa Teresa
del Niño Jesús dice que el mundo de las almas es como un jardín, en el que cada flor es hermosa y manifiesta a su manera la belleza del Creador. Esto se puede aplicar especialmente a los Santos, que reflejan la luz de Cristo sobre el mundo, como la luna y las estrellas reflejan la única luz del sol, cada una allí donde se encuentra.

Los Santos también son válidos intercesores ante Dios. El Vaticano II reafirmó la fe en la comunión de los Santos, indicando que los que ya están definitivamente unidos a Cristo trabajan para que el resto de la Iglesia alcance la meta prometida: «No cesan de interceder por nosotros ante el Padre. Su fraterna solicitud ayuda mucho a nuestra debilidad» (LG 49). Santa Teresa del Niño Jesús manifestó en diversas ocasiones su conciencia de que pasaría el cielo haciendo el bien en la tierra, de que su misión de salvar almas continuaría después de su muerte. Efectivamente, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace cada vez más cercano a ellos.

Por último, los Santos alimentan la fe en la vida eterna y estimulan la esperanza de alcanzarla. Al reflexionar en su destino, nuestro corazón se ensancha y se alegra por las maravillas que Dios ha reservado para los que le aman. El testimonio de los Santos, que ya gozan la vida eterna nos hace desear esa plenitud de vida para la que fuimos creados y nos hace exclamar, con santa Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Este aspecto tiene especial importancia en nuestros días, en que se tiende a olvidar esta dimensión fundamental de la fe cristiana. Hasta el punto de que Benedicto XVI se pregunta: «El hombre moderno, ¿espera aún esta vida eterna, o considera que pertenece a una mitología ya superada?». Y responde a continuación: «Para nosotros, los cristianos, “vida eterna” no indica solo una vida que dura para siempre, sino más bien una nueva calidad de existencia, plenamente inmersa en el amor de Dios, que libra del mal y de la muerte. Meditemos en estas realidades con el corazón orientado hacia nuestro último y definitivo destino, que da sentido a las situaciones diarias. Reavivemos el gozoso sentimiento de la comunión de los Santos y dejémonos atraer por ellos hacia la meta de nuestra existencia: el encuentro cara a cara con Dios».

jueves, 11 de diciembre de 2014

Santa Mª Maravillas de Jesus



María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, que al entrar en la vida religiosa tomó el nombre de Maravillas de Jesús, nació en Madrid el 4 de noviembre de 1891 y falleció en el convento de La Aldehuela de Getafe,1 el 11 de diciembre de 1974. Es considerada una de las grandes místicas del siglo XX.2

María Maravillas fue bautizada ocho días después de nacer en la parroquia de San Sebastián de Madrid con el nombre de María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán.

 Fachada de la Parroquia de san Sebastián de la calle de Atocha de Madrid.
Interior de la Parroquia de san Sebastián de la calle de Atocha de Madrid.

Su padre fue don Luis Pidal y Mon, segundo marqués de Pidal, y su madre doña Cristina Chico de Guzmán y Muñoz, nieta y sobrina de los condes del Retamoso y sobrinonieta del duque de Riánsares, de la Reina Gobernadora que fue su madrina y de los marqueses de Remisa. Luis Pidal fue primeramente Ministro de Fomento y más tarde embajador de España ante la Santa Sede.

Luis Pidal y Mon (1842-1913). Ministro de Fomento durante el primer mandato de Francisco Silvela y Presidente del Consejo de Estado de España y embajador de España ante la Santa Sede.

Ingresó como carmelita descalza en el Carmelo del Sgdo. Corazón de Jesús y san José de san Lorenzo del Escorial (Madrid) el 12 de octubre de 1919. Hizo sus votos religiosos en el año 1921

 Carmelo del Sgdo. Corazón de Jesús y san José de san Lorenzo del Escorial (Madrid)
 Gráfico donde se expresa la inspiración de Nuestro Señor Jesucristo de fundar un carmelo en el Cerro de los Ángeles, Getafe, junto al Monumento del Sagrado Corazón de Jesús para reparar el daño que los hombres le hacían con sus pecados, los hombres los amados de Dios.

En 1923, por inspiración divina, tomó la decisión de fundar un convento de Carmelitas descalzas en Getafe en el Cerro de los Ángeles, junto al monumento levantado en el centro geográfico de España. El obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay, acogió y se entusiasmó con la idea y en 1924 la Hermana Maravillas y otras tres monjas carmelitas de El Escorial se instalaron provisionalmente en una casa de Getafe para atender desde allí la edificación del convento. El 30 de mayo de 1924 hizo su profesión solemne, y en junio de 1926 fue nombrada priora de la comunidad del convento de El Cerro (Madrid), que fue inaugurado el 31 de octubre de 1926.
 El obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay,
 Fachada del Convento de Nuestra Sra. de los Ángeles y del Sgdo. Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles
 Presbiterio del Convento de Nuestra Sra. de los Ángeles y del Sgdo. Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles

Durante la persecución religiosa en España a partir de 1931, la Madre Maravillas pasaba todas las noches muchas horas orando desde su Carmelo y solicitó y obtuvo permiso del papa Pío XI para salir con su comunidad. En julio de 1936 las Carmelitas fueron expulsadas de su convento y llevadas detenidas a las Ursulinas de Getafe. Después se refugiaron en un piso de la calle Claudio Coello de Madrid, donde pasaron catorce meses. En 1937 la Madre pudo salir con su comunidad de Madrid y, pasando por Lourdes, entró en España para instalarse en Las Batuecas (Salamanca). Allí, a petición del obispo de Coria-Cáceres, fundó un nuevo Carmelo. En 1938 hizo voto de hacer siempre lo más perfecto. En marzo de 1939 regresó al Cerro de los Ángeles.
 Desierto Monasterio de san José de las Batuecas (Salamanca)
Realizó varias fundaciones de conventos, como el de Mancera de Abajo (Salamanca), en 1944; el de Duruelo (Ávila), en 1947; el de Cabrera (Salamanca) en 1950; el de Arenas de San Pedro (Ávila), en 1954; el de San Calixto, en la sierra de Córdoba, en 1956; el de Aravaca (Madrid), en 1958; y en 1961 el de La Aldehuela (Getafe, Madrid), en el que fue elegida priora y vivió hasta su muerte. También fundó el Carmelo de Montemar-Torremolinos (Málaga), en 1964. Antes de la Guerra civil española había fundado un convento en Kottayam (La India), en 1933.
Esquema de todos los Carmelos fundados o reformados por la santa

 Monasterio de "Nuestra Señora del Carmen y San Juan de la Cruz" de Mancera (Salamanca)
 Convento de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz de Duruelo (Ávila)
 Convento de Cristo Crucificado de Cabrera (Salamanca)
Convento de la Inmaculada y San José de Arenas de san Pedro (Ávila)
Convento de Ntra. Sra de la Sierra de San Calixto, Hornachuelos, (Córdoba)
Carmelo descalzo de Aravaca, Pozuelo, Madrid.
 Exterior del Carmelo descalzo del Sagrado Corazón de Jesús y san José de La Aldehuela, Getafe, Madrid.
Interior de la iglesia del Carmelo descalzo del Sagrado Corazón de Jesús y san José de La Aldehuela, Getafe, Madrid.
 Celda de una carmelita descalza de La Aldehuela.
Refectorio del Carmelo de La Aldehuela
 Exterior del Carmelo descalzo de Montemar

 Interior del Carmelo descalzo de Montemar
1ª Comunidad de carmelitas descalzas de Montemar

Vista aérea del Carmelo descalzo de Montemar

Tuvo como directores espirituales a religiosos que murieron con fama de santidad. Entre ellos cabe destacar a los padres Alfonso Torres S.J, Florencio del Niño Jesús OCD y Valentin de San Jose OCD.
Desde la clausura de La Aldehuela fundó un colegio para niños pobres, e hizo construir una barriada con numerosas casas y una iglesia. Sus restos mortales se depositaron en la iglesia del Carmelo de La Aldehuela, en cuyo convento falleció.

Carisma personal

María de las Maravillas de Jesús se interesó profundamente por los problemas del prójimo, especialmente por las carencias económicas, pero siempre bajo un prisma espiritual. "No quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo", había escrito.
Los carmelos fundados por Maravillas de Jesús, se caracterizaron por la vida en pobreza propia de los conventos carmelitas: sin rentas, con edificios pequeños, con trabajo manual para su sustento.

Canonización

Fue beatificada en Roma por el papa Juan Pablo II el día 10 de mayo de 1998. También Juan Pablo II, la canonizó en Madrid, el 4 de mayo de 2003, juntamente con Santa Genoveva Torres, san Pedro Poveda, santa Ángela de la Cruz y san José María Rubio S.J.; el mismo Papa dio la primera comunión a su sobrino biznieto Carlos Johansson De Soto el mismo día de su canonización. Dos sanaciones milagrosas en España y Argentina, corroboradas por la medicina, resultaron decisivas para dar luz verde a la canonización de la religiosa española.
Su festividad se celebra el 11 de diciembre, en conmemoración de la fecha de su muerte.

Placa en la Cámara Baja

Se suscitó una polémica en torno a la colocación de una placa en la Cámara Baja en honor a la carmelita en el 2008.
La Madre Maravillas nació en el solar donde hoy están algunas dependencias del Congreso de los Diputados. Por esa razón, la Mesa del Congreso adoptó el 4 de noviembre del 2008, a instancias del diputado del Partido Popular y vicepresidente primero de la Cámara, Jorge Fernández Díaz, la decisión de colocar en dependencias parlamentarias una placa en homenaje a la monja madrileña. El 13 de noviembre, el diputado de ICV, Joan Herrera, protestó ante el presidente del Congreso, José Bono, por esa decisión y expresó su "firme oposición" a la misma. Ese mismo día el PNV apoyó la iniciativa dentro de la "normalidad laica" y CIU expresaba su "máximo respeto". El 14 de noviembre, el grupo parlamentario de ERC-IU-ICV pidió formalmente a la Mesa del Congreso que reconsiderase su decisión porque vulneraba el principio de aconfesionalidad del Estado. El 18 de noviembre, varios parlamentarios socialistas expresaron su malestar por este asunto en la reunión del grupo socialista. Su portavoz, José Antonio Alonso, asumió esta posición, diciendo que no era partidario de la iniciativa y mostrándose convencido de que no se llevaría a término. El 18 de noviembre, José Bono, que apoyó el homenaje a la monja Maravillas, fue captado por una cámara de televisión mientras aludía en términos despectivos a sus compañeros socialistas en relación con este asunto. Finalmente, el 19 de noviembre la Mesa de la Cámara, reunida de urgencia por su presidente, acordó por unanimidad no instalar la placa ante la falta de consenso entre los grupos.

Parroquia Santa Maravillas de Jesús

El 14 de diciembre de 2008, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, inauguró una parroquia en honor de Santa Maravillas de Jesús en la diócesis de Madrid, ciudad que la vio nacer.
Situada en el PAU de Carabanchel, tiene su sede efinitiva en la calle Los Morales 64 desde el 16 de juio de 2013. Antiguamente, la parroquia estuvo situada en la calle Patrimonio de la Humanidad 12, en un local alquilado de unos 100 metros cuadrados, pero en el que la parroquia funcionaba ya a pleno rendimiento. El 25 de octubre de 2011 fue colocada la primera piedra por el citado Cardenal Arzobispo de Madrid. Desde entonces comenzaron las obras de construcción del nuevo complejo parroquial bajo la dirección del arquitecto D. Diego Cano, y la supervisión del párroco, D. Ignacio Loriga.
Todos los días 11 de cada mes se venera la reliquia de la Santa en las misas correspondientes.

Existe una parroquia dedicada en honor a Santa Maravillas de Jesús en la diócesis de Getafe. Es una parroquia de nueva planta, y está ubicada en la plaza de Francisco Tomás y Valiente s/n.
Parroquia de Santa Maravillas de Jesús en Getafe, inaugurada en 2003 por el siervo de Dios Mons. Francisco José Fernandez Pérez Golfín, primer obispo de Getafe (+ 2004)

Referencias

  1. Carretera de San Martín de la Vega, Km. 7,5, Getafe, Madrid. Véase artículo del digital Getafe Capital.com [1] de 24 de junio de 2008.
  2. Véase artículo biográfico de la Conferencia Episcopal [2].

Bibliografía

  • Madre Maravillas de Jesús, Carmelita descalza: semblanza, publicado por las Carmelitas descalzas de La Aldehuela, Getafe 1994.
  • Era así Maravillas de Jesús, publicado por las Carmelitas descalzas de La Aldehuela, Getafe 1993.

María de las Maravillas Pidal y Chico de Guzmán nació en Madrid el día 4 de noviembre de 1891, la menor de cuatro hermanos; fue bautizada en la Parroquia de San Sebastián a los ocho días y confirmada en 1896. Hizo su primera comunión en 1902. Sus padres, don Luis y doña Cristina, eran los marqueses de Pidal. Don Luis había sido Ministro de Fomento y en aquellas fechas era Embajador de España ante la Santa Sede. Fue educada en sus primeros años especialmente por su abuela materna, Patricia Muñoz, y ya desde niña experimentó una llamada a consagrarse al Señor en virginidad. Mientras estudiaba en casa, durante su adolescencia y juventud se dedicó a obras de caridad, ayudando a muchas familias necesitadas.

Leía frecuentemente las obras de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz y, cautivada por sus vidas y experiencias espirituales, decidió entrar en las Carmelitas Descalzas de El Escorial (Madrid) donde ingresó el 12 de octubre de 1919 recibiendo el nombre de Maravillas de Jesús. Con este motivo D. Pedro Poveda -que será canonizado juntamente con ella- le escribió una carta de felicitación, a la que contestó agradecida. Tomó el hábito en 1920 e hizo su primera profesión en 1921. Allí mismo, detrás de la celosía que da al sagrario de la Iglesia conventual, recibió en 1923 la inspiración de fundar un Carmelo en el centro geográfico de España, El Cerro de los Ángeles, donde se había levantado el monumento al Sagrado Corazón de Jesús justamente el año en que ella había carmelita descalza.
El obispo de Madrid-Alcalá, Mons. Eijo y Garay acogió y se entusiasmó con la idea y en 1924 la Hermana Maravillas y otras tres monjas carmelitas de El Escorial se instalaron provisionalmente en una casa de Getafe para atender desde allí la edificación del Convento. En esa casa hizo su profesión solemne el 30 de mayo de ese mismo año. En 1926 fue nombrada, por el obispo Eijo, priora de la comunidad y el 31 de Octubre se inauguraba el nuevo Carmelo de El Cerro de los Ángeles.
Como ya entonces acudieron muchas vocaciones, la Madre Maravillas vio en ello una señal de Dios para fundar nuevas “casas de la Virgen”. En 1933, a petición del obispo, misionero carmelita, Mons. Arana, fundó otro Carmelo en Kottayam (India) enviando a ocho monjas. A ella no le permitieron ir sus superiores.
Durante la persecución religiosa en España a partir de 1931 pasaba todas las noches muchas horas orando desde su Carmelo, contemplando el monumento al Sagrado Corazón, y solicitó y obtuvo permiso del papa Pío XI para salir con su comunidad, exponiendo sus vidas, si llegara el momento de defender la sagrada imagen, en caso de ser profanada. En julio de 1936 las Carmelitas fueron expulsadas de su Convento y llevadas detenidas a las Ursulinas de Getafe. Después se refugiaron en un piso de la calle Claudio Coello, 33, de Madrid, donde pasaron catorce meses de sacrificios, privaciones, registros y amenazas, deseando recibir la gracia del martirio. En 1937 la Madre pudo salir con su comunidad de Madrid y, pasando por Lourdes entró en España para instalarse en el abandonado “desierto” de Las Batuecas (Salamanca), que había podido adquirir antes de la guerra. Allí y a petición del obispo de Coria-Cáceres fundó un nuevo Carmelo. En 1938 hizo voto de hacer siempre lo más perfecto. En marzo de 1939 pudo volver a recuperar, totalmente destruido en la guerra, el de El Cerro de los Ángeles, donde fue elegida nuevamente priora. En este tiempo dio testimonio de fe, heroísmo y fortaleza, prudencia y serenidad y de una extraordinaria confianza en Dios.
Desde entonces y en muy pocos años realizó las fundaciones de otros muchos Carmelos: en 1944 el de Mancera de Abajo (Salamanca); en 1947 el de Duruelo (Ávila), cuna de la reforma carmelitana de San Juan de la Cruz; en 1950 traslada la comunidad de Las Batuecas, -cediendo este “desierto” a los padres carmelitas descalzos-, a Cabrera (Salamanca); en 1954 el de Arenas de San Pedro (Ávila); en 1956 el de San Calixto, en la sierra de Córdoba; en 1958 el de Aravaca (Madrid); en 1961 el de La Aldehuela (Madrid), en el que es elegida priora y en él vivió hasta su muerte; en 1964 el de Montemar-Torremolinos (Málaga).
Además, con hermanas de algunos de los Carmelos fundados por ella, ayudó en 1954 al de Cuenca (Ecuador), en 1964 al de El Escorial y en 1966 al de La Encarnación de Ávila, donde había entrado y vivido Santa Teresa de Jesús durante treinta años. En 1960, en Talavera de la Reina (Toledo), edifica un convento, también con iglesia de nueva planta, para los padres carmelitas descalzos. En su vida, además del P. Alfonso Torres, S.J. fueron sus directores espirituales el P. Florencio del Niño Jesús, O.C.D., y el P. Valentín de San José, O.C.D.
Desde el Carmelo de La Aldehuela, la Madre Maravillas, donde pasó sus últimos catorce años, continuó atendiendo las necesidades de todos esos Carmelos e, incluso desde la clausura, realizó una labor social como la construcción de viviendas prefabricadas y la ayuda en la construcción de una barriada de doscientas viviendas. A sus expensas hizo edificar también una Iglesia y un colegio. Sostuvo económicamente a distintos seminaristas para que pudieran llegar a ser sacerdotes, realizó una fundación benéfica para sostener a religiosas enfermas, compró una casa en Madrid para alojar a las carmelitas que tuvieran necesidad de permanecer algún tiempo en tratamientos médicos y costeó al Instituto Claune la edificación de una clínica para religiosas de clausura. En la iniciativa y desarrollo de estos servicios caritativos, que solía empezar sin medios económicos, confiaba siempre en la Providencia de Dios, que nunca le faltó.
Se sentía feliz de ser carmelita descalza, “hija de nuestra santa madre Teresa” y consideraba un tesoro la vida y los textos de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II, que aconseja la unión o asociación de monasterios de vida contemplativa, en 1972 obtuvo la aprobación de la Santa Sede de la “Asociación de Santa Teresa”, integrada por los Carmelos fundados por ella -y por otros que entonces se adhirieron- y, en 1973, fue elegida Presidenta. En los conventos en que vivió había sido elegida Priora de la Comunidad, -en total cuarenta y ocho años-, mostrando a la vez a sus hermanas caridad y firmeza, ánimo y consuelo, pidiendo siempre el parecer de las demás. Irradiaba paz y dulzura en sus palabras y gestos, de tal forma que quienes la trataron salieron siempre agraciados con su testimonio de amor Dios y de disponibilidad a la Iglesia como fiel hija suya.
La Madre Maravillas de Jesús es una de las grandes místicas de nuestro tiempo. Vivió una maravillosa experiencia de su unión con Dios, con una rica vida interior como se refleja en las cartas íntimas a sus directores espirituales, que sólo se han conocido después de su muerte. Pasó por la vivencia de “las noches” y por el gozo del amor profundo de Dios y de su respuesta de amor a Él. La capacidad de contagiar el amor de Dios le provenía de su unión con Él y de su gran capacidad y disposición para la oración. Expresaba: “Me abraso en deseos de que las almas vayan a Dios”. Durante toda su vida se entregó amorosamente al cumplimiento de la voluntad de Dios, y en la última etapa, ofreciendo su enfermedad y dando testimonio: “Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera” solía repetir a sus hijas. Amó y vivió la pobreza y humildad heroicamente, infundiendo este espíritu en sus hermanas. Destacó también por su fidelidad al ideal teresiano.
Ya en 1962 había tenido un trastorno circulatorio del que se repuso. En 1972 sufrió un paro cardíaco del que se recuperó, pero su salud quedó ya muy quebrantada. En la solemnidad de la Inmaculada de 1974, recibió la Unción de los enfermos y el santo Viático. Murió, a los 83 años, en el Carmelo de La Aldehuela, el 11 de diciembre de 1974, rodeada de sus hijas y repitiendo: “¡Qué felicidad morir carmelita!”.
Fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 10 de mayo de 1998, sus reliquias permanecen en la Iglesia del Carmelo de La Aldehuela (Madrid) y su memoria litúrgica se viene celebrando el 11 de diciembre.