http://www.bloguerosconelpapa.org

domingo, 26 de abril de 2015

Sierva de Dios María Ana Alberdi

Madre María Ana Alberdi (Mª de la Concepción Cruz Alberdi Echezarreta) nació el 3 de mayo de 1912, juntamente con su hermano gemelo José Cruz, en un caserío de la villa de Azkoitia, en Guipuzcoa, diócesis de san Sebastián.

En el Bautismo recibió el nombre de María de la Concepción Cruz. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento en la parroquia se Santa María la Real. 

 Vista de Azkoitia desde San Martin

              Parroquia se Santa María la Real de Azkoitia


Su padre José Fco. Alberdi Zubizarreta y la madre Mª Felipa Echezarreta Ezeiza, ambos dedicados a la vida agrícola.
En 1919 los niños quedaron huérfanos. Los gemelos tenían 7 años. Mª Concepción quedó bajo los cuidados de su tía materna Manuela Echezarreta Ezeiza y su marido Ignacio Zubizarreta Goenaga, en la misma villa de Azkoitia. 
A los 14 años, no cumplidos aún, tuvo que ir a la fábrica a trabajar para aportar un poco de dinero a casa
La joven trabajadora era elegante, con esa prestancia propia de la familia Echezarreta; era inteligente y sensata, virtuosa y servicial. Así la han descrito alguna de sus compañeras.

El tiempo iba pasando y, a finales de los años veinte, Mª Concepción tuvo que dar una orientación definitiva a su vida, con la ayuda del sacerdote D. José Antonio Zabaleta Larramendi, despuntó, como una flor, la vocación monástica Mª Concepción. 

 La beata Margarita María López de Maturana y las primeras Mercedarias misioneras de Bérriz
 Religiosas de Jesús María y su fundadora santa María de san Ignacio Thevenet

Después de alguna experiencia formativa con las Mercedarias Misioneras de Bérriz, luego con las religiosas de Jesús María, deseando servir al Señor en una vida de especial consagración, fue encaminada por D. José Antonio a las Concepcionistas Franciscanas del monasterio “La Latina” de Madrid. Profesó los primeros votos religiosos el 6 de abril de 1933. Tres años después, el 4 de mayo 1936, emitió la Profesión Solemne. 





Fachada e interior de la iglesia conventual del Convento de la Purísima Concepción Francisca
La guerra civil (1936-1939) obligó a la comunidad a abandonar el monasterio; por fortuna, la mayoría de las religiosas encontró refugio en el Asilo de san José, de las hermanitas de los pobres. Una vez terminada la guerra, las concepcionistas regresaron a su monasterio y comenzaron las tareas de reconstrucción material y espiritual de la comunidad. Sor Mª Ana fue creciendo como un árbol sano.

 Asilo de san José, residencia de las hermanitas de los pobres.
 Santa Juana Jugan, fundadora de las hermanitas de los pobres.
Hermanitas de los pobres

Restablecida la vida común, al terminar la guerra civil de 1936-1939, Sor María Ana fue nombrada Maestra de Novicias el 15 de junio de 1947. Desempeñó este cargo durante seis años. El 12 de noviembre de 1953 fue elegida Abadesa por primera vez. Amada y estimada por sus hermanas, fue siempre reelegida en los sucesivos Capítulos durante 34 años (de 1953 a 1990), siendo siempre confirmada por indulto especial de la Santa Sede, con la sola interrupción de tres años (1984-1987), durante los cuales fue Vicaria. 



Constituida en 1957 la Federación Concepcionista Franciscana de Castilla, el 3 de junio de 1963 la Madre Ana fue elegida Presidenta Federal. Sobre todo en los años del post-Concilio, la Sierva de Dios tuvo el gran mérito de saber infundir su rica experiencia espiritual en la revisión de las Constituciones de la Orden Concepcionista Franciscana. 

Su última enfermedad se manifestó de junio al 27 de noviembre de 1998, fecha en la que falleció.

Oración para la devoción privada:
Beatísima Trinidad, 
Padre, Hijo y Espíritu Santo, 
que, en la Madre María Ana Alberdi,
te has dignado bendecir
a la Orden de la Inmaculada Concepción,
fundada por santa Beatriz de Silva,
concédenos por verla pronto en los altares y, 
por su intercesión, danos la gracia de ..... (especificar la gracia)
para gloria de tu nombre y bien de la Iglesia.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Para más información, reliquias, estampas, biografías, donativos, gracias, favores,...:
MM Concepcionistas Franciscanas
Convento de la Purísima Concepción Francisca
C/ Toledo 52
C.P.  28005 Madrid
Telf.: 91 3655682

viernes, 20 de marzo de 2015

Sierva de Dios Margarita María del Corazón Eucarístico de Jesús


Nació el 16 de marzo de 1908 en Cocentaina, Alicante, nació en una familia cristiana, su padre D. José Reig, abogado pero no ejercía, se dedicaba a la administración de numerosas tierras, siendo bondadoso y caritativo que los colonos acudían con confianza a pedirle que le esperase en el pago, a lo que D. José no sólo accedía, sino que les perdonaba la deuda, apúntandolo como pagado en la famosa libreta llamada de los perdones, y Dña Emilia Gozalbes, ama de casa, bondadosa y dulce. Fue la segunda de cinco hermanos, Emilia, José, Sofía y Francisco. Le bautizaron con el nombre de Josefa Mª, era de carácter dulce y pacífico que robaba el cariño de cuantos la conocían; le atraían las personas mayores.
Cocentaina
Tenía la aficción de bailar, a su manera, delante de un espejo en el pasillo, y su abuela con disgusto le decía a su madre que parecía el "loco de Penelle".
Por las noches después de rezar sus oraciones, le decía a su mamá desde su cama: "Mamá que no me agarre ningú".
Desde párvula fue al colegio de las Trinitarias de Concentaina, donde era tan dócil y buena que sus maestras estaban encantadas con ella; empezando desde tan chiquita, a darle clases de dibujo por la gran disposición que vieron en ella.
A los 12 años la metieron interna con sus hermanas en el colegio de las Religiosas de la Pureza de María de Onteniente. donde se ganó, no sólo el cariño de las profesoras sino de las compañeras que la querían tanto.
Allí se confió a la M. Salvador, que decubriendo en ella la vocación religiosa, le recomendó un confesor que la ayudó mucho. Ella se sentía muy feliz en el internado sobretodo en el ambiente de silencio y de paz que reinaba en el cuando las niñas salían de vacaciones; esto le hizo descubrir y comprender no era para la vida activa, sino para la vida comtemplativa. Allí permaneció hasta los 18 años en que se reintegró a su hogar con la alegría de volver a vivir con sus tan queridos padres.

Su vida en el hogar fue sencilla, siempre acompañando a sus padres, o pintando con su hermana Emilia; sin ver claro para donde la quería Dios.
En aquellos  años turbulentos de la 2ª República, el alcalde de Concentaina se negó a dejar procesionar a Jesús en su sagrado Corazón, ella Josefa Mª con carácter entero, no pudo sufrirlo y acompañada por su hermana Sofía, fue a enfrentarse con el alcalde, abriéndole la puerta de su casa su propia esposa, que se unió a ellas, y la procesión salió, y desde entonces el Sagrado Corazón le mostró constantemente su agradecimiento.
Vibraba de entusiasmo por el Sagrado Corazón, y Él, le regalaba los viernes haciéndole participar de su pasión, hasta el punto de que su enfermera, cuando la veía mal y era viernes no le daba importancia, y ella, cuando se sentía mal solía preguntar: ¿qué día es hoy? Si le decían que era viernes quedaba tranquila, se sonreía diciendo: Sagrado Corazón de Jesús en Vos Confío.
Los primeros viernes de mes sus sufrimientos eran mayores; también es verdad que Jesús, le concedió multitud de gracias espirituales y temporales.
Un sacerdote le aconsejó conociese la comunidad de las carmelitas descalzas de Manises, y aprovechando que Milagros Zapata de Calatayud iba a la profesión de su hermana Isabel otra carmelita descalza en proceso de canonización (+1988, Elche) la acompañó y quedó tan prendada de la perfección que allí vió, que no dudó un momento en arreglar su entrada.
Sus padres, aunque soñaban que se quedase con ellos hasta la muerte, muy buenos cristianos, supieron entregársela al Señor con toda generosidad, y ella abrasada en el amor
 a Él, dio el paso que Jesús le pedía, aunque le sangraba el corazón al tener que dejarlos.
Uno de los móviles que decidieron a ingresar en el Carmelo descalzo de Manises, fue el de hacer el sacrificio decuanto poseía de una manera libre y sin esperar a que la muerte le obligase adejarlo todo.
Ingresó el 24 de junio de 1934, fiesta de san Juan Bautista, haciéndose tal fuerza para dejar a sus padres, que estuvo ocho días llorando, hasta que los superiores le dijeron que tendría que salir, a lo que ella contestó que eso nunca, que quería ser carmelita descalza, costase lo que costase.
Le cambiaron el nombre de Josefa Mª por el de Margarita Mª del Corazón Eucarístico de Jesús, que tan bien le venía a ella totalmente entregada al Sagrado Corazón de Jesús.






SEGUIREMOS CON SU BIOGRAFÍA EN BREVE


Para más información, reliquias, estampas, biografías,...:
MM. Carmelitas descalzas
Monasterio de la Stma. Trinidad
Muxa - Paredes 27169 Lugo, ESPAÑA

viernes, 13 de febrero de 2015

Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia

Capítulo VI. LA VENERACIÓN A LOS SANTOS Y BEATOS

Algunos principios

208. Con sus raíces en la Sagrada Escritura (cfr. Hch 7,54-60; Ap 6,9-11; 7,9-17) y atestiguado con certeza desde la primera mitad del siglo II, el culto de los Santos, en especial de los mártires, es un hecho eclesial antiquísimo. La Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, siempre ha venerado a los Santos y cuando, sobre todo en la época en que surgió el protestantismo, se pusieron objeciones contra algunos aspectos tradicionales de este culto, lo ha defendido con ardor, ha ilustrado sus fundamentos teológicos así como su relación con la doctrina de la fe, ha regulado la praxis cultual, tanto en las expresiones litúrgicas como en las populares, y ha subrayado el valor ejemplar del testimonio de estos insignes discípulos y discípulas del Señor, para una vida auténticamente cristiana.
209. La Constitución Sacrosanctum Concilium, en el capítulo dedicado al Año litúrgico, explica claramente el hecho eclesial y el significado de la veneración de los Santos y Beatos: "la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los Mártires y de los demás Santos, que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos".
210. Una comprensión adecuada de la doctrina de la Iglesia sobre los Santos sólo es posible dentro del ámbito más amplio de los artículos de la fe relacionados con dicha doctrina:

- la "Iglesia, una, santa, católica y apostólica", santa por la presencia en ella de "Jesucristo, el cual, con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado el solo santo"; por la actuación incesante del Espíritu de santidad; porque está dotada de medios de santificación. La Iglesia, pues, aunque comprende en sí a pecadores, está "ya en la tierra adornada de una verdadera, si bien imperfecta, santidad"; es el "pueblo santo de Dios", cuyos miembros, según el testimonio de las Escrituras son llamados "santos" (cfr. Hch 9.13; 1 Cor 6,1; 16,1).

- La "comunión de los santos", por la que la Iglesia del cielo, la que tiende a la purificación final "en el estado llamado Purgatorio" y la que peregrina sobre la tierra, están en comunión "en la misma caridad de Dios y del prójimo"; de hecho, todos los que son de Cristo, al tener su Espíritu, forman una sola Iglesia y están unidos en Él.

- La doctrina de la única mediación de Cristo (cfr. 1 Tim 2,5), que no excluye otras mediaciones subordinadas, las cuales se realizan y ejercen dentro de la absoluta mediación de Cristo.
211. La doctrina de la Iglesia y su Liturgia proponen a los Santos y Beatos, que contemplan ya "claramente a Dios uno y trino" como:
- testigos históricos de la vocación universal a la santidad; ellos, fruto eminente de la redención de Cristo, son prueba y testimonio de que Dios, en todos los tiempos y de todos los pueblos, en las más variadas condiciones socio-culturales y en los diversos estados de vida, llama a sus hijos a alcanzar la plenitud de la madurez en Cristo (cfr. Ef 4,13; Col 1,28);
- discípulos insignes del Señor y, por tanto, modelos de vida evangélica; en los procesos de canonización la Iglesia reconoce la heroicidad de sus virtudes y consiguientemente los propone como modelos a imitar;
- ciudadanos de la Jerusalén del cielo, que cantan sin cesar la gloria y la misericordia de Dios; en ellos ya se ha cumplido el paso pascual de este mundo al Padre;
- intercesores y amigos de los fieles todavía peregrinos en la tierra, porque los Santos, aunque participan de la bienaventuranza de Dios, conocen los afanes de sus hermanos y hermanas y acompañan su camino con la oración y protección;
- patronos de Iglesias locales, de las cuales con frecuencia fueron fundadores (san Eusebio de Vercelli) o Pastores ilustres (san Ambrosio de Milán); de naciones: apóstoles de su conversión a la fe cristiana (santo Tomás y san Bartolomé para la India), o expresión de su identidad nacional (san Patricio para Irlanda); de agrupaciones profesionales (san Omobono para los sastres); en circunstancias especiales – en el momento del parto (santa Ana, san Ramón Nonato), de la muerte (san José) – y para obtener gracias específicas (santa Lucía para la conservación de la vista), etc.
Todo esto la Iglesia lo confiesa cuando, con agradecimiento a Dios Padre, proclama: "Nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino".
212. Finalmente, es preciso recordar que el objetivo último de la veneración a los Santos es la gloria de Dios y la santificación del hombre, mediante una vida plenamente conforme a la voluntad divina y la imitación de las virtudes de aquellos que fueron discípulos eminentes del Señor.
Por esto, en la catequesis y en otros momentos de transmisión de la doctrina se debe enseñar a los fieles que: nuestra relación con los Santos hay que entenderla a la luz de la fe, no debe oscurecer: "el culto latréutico, dado a Dios Padre mediante Cristo en el Espíritu, sino que lo intensifica"; "el auténtico culto a los santos no consiste tanto en la multiplicidad de los actos exteriores cuanto en la intensidad de un amor práctico", que se traduce en un compromiso de vida cristiana.

La celebración de los Santos

227. La celebración de una fiesta en honor de un Santo – a los Beatos se les aplica, servatis servandis, lo que se dice de los Santos - es sin duda una expresión eminente del culto que les tributa la comunidad eclesial: conlleva, en muchos casos, la celebración de la Eucaristía. La fijación del "día de la fiesta" es un hecho cultual relevante, a veces complejo, porque concurren factores históricos, litúrgicos y culturales, no siempre fáciles de armonizar.
En la Iglesia de Roma, y en otras Iglesias locales, las celebraciones de las memorias de los mártires en el aniversario del día de su pasión, esto es, de su máxima asimilación a Cristo y de su nacimiento para el cielo, más tarde también la celebración del conditor Ecclesiae, de los Obispos que la habían regido y de otros insignes confesores de la fe, así como el aniversario de la dedicación de la iglesia catedral, dieron lugar a la formación paulatina de calendarios locales, donde se registraban el lugar y la fecha de la muerte de cada uno de los Santos o bien de grupos de ellos.

De los calendarios particulares surgieron pronto los martirologios generales, como el Martirologio siríaco (siglo V), el Martyrologium Hieronymianum (siglo VI), el de San Beda (siglo VIII), de Lyon (siglo IX), de Usuardo (siglo IX), de Adón (siglo IX).

El 14 de Enero de 1584, Gregorio XIII promulgó la edición típica del Martyrologium Romanum, destinada al uso litúrgico. San Juan Pablo II ha promulgado la primera edición típica del mismo después del Concilio Vaticano II, que, remitiéndose a la tradición romana e incorporando los datos de varios martirologios históricos, recoge los nombres de muchos Santos y Beatos, y constituye un testimonio extraordinariamente rico de la multiforme santidad que el Espíritu del Señor suscita en la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares.

228. La historia del Calendario Romano, que indica el día y el grado de las celebraciones en honor de los Santos está estrechamente vinculada con la historia del Martirologio.

Actualmente el Calendario Romano General solamente contiene, conforme a la norma indicada por el Concilio Vaticano II, las memorias de "Santos de importancia realmente universal", dejando a los calendarios particulares, sean nacionales, regionales, diocesanos, de familias religiosas, la indicación de las memorias de otros Santos.

Es conveniente recordar la razón de la reducción del número de las celebraciones de los Santos y tenerla presente oportunamente en la praxis pastoral: se han reducido para que "las fiestas de los santos no prevalezcan sobre los misterios de la salvación". A lo largo de los siglos, "por el aumento de las vigilias, de las fiestas religiosas, de sus celebraciones durante octavas y de las diversas inserciones dentro del Año litúrgico, los fieles han puesto en práctica, algunas veces, peculiares ejercicios de piedad de tal modo que sus mentes se han visto apartadas en cierta manera de los principales misterios de la divina Redención".

229. Desde la reflexión sobre los hechos que han determinado el origen, desarrollo y las diversas revisiones del Calendario Romano General, se siguen algunas indicaciones de indudable utilidad pastoral:

- es necesario instruir a los fieles sobre la relación entre las fiestas de los Santos y la celebración del misterio de Cristo. Las fiestas de los Santos, reconducidas a su razón de ser más profunda, iluminan realizaciones concretas del designio salvífico de Dios y "proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores"; las fiestas de los miembros, los Santos, son en definitiva fiestas de la Cabeza, Cristo;

- es conveniente que los fieles se acostumbren a discernir el valor y el significado de las fiestas de los Santos y Santas que han tenido una misión especial en la historia de la salvación y una relación peculiar con el Señor Jesús, como san Juan Bautista (24 de Junio), san José (19 de Marzo), san Pedro y san Pablo (29 de Junio), los restantes Apóstoles y Evangelistas, santa María Magdalena (22 de Julio) y Marta de Betania (29 de Julio), san Esteban (26 de Diciembre);

- es oportuno exhortar a los fieles a que prefieran las fiestas de los santos que han tenido una misión de gracia respecto a la Iglesia particular, como los Patronos o los que han anunciado por primera vez la Buena Nueva a la antigua comunidad;

- es útil, finalmente, que se explique a los fieles el criterio de "universalidad" de los Santos inscritos en el Calendario General, así como el sentido del grado de su celebración litúrgica: solemnidad, fiesta y memoria (obligatoria o libre).

El día de la fiesta

230. El día de la fiesta del Santo tiene una gran importancia, tanto desde el punto de vista de la Liturgia como de la piedad popular. En un breve e idéntico espacio de tiempo, concurren numerosas expresiones cultuales, tanto litúrgicas como populares, no sin riesgo de conflicto, para configurar el "día del Santo".

Los eventuales conflictos se deben resolver a la luz de las normas del Misal Romano y del Calendario Romano General, en lo referente al grado de la celebración del Santo o del Beato, establecido según su relación con la comunidad cristiana (Patrono principal del lugar, Título de la iglesia, Fundador de una familia religiosa o su Patrono principal); también sobre las condiciones que se han de respetar, en el cado de un eventual traslado de la fiesta al domingo, y sobre la celebración de las fiestas de los Santos en tiempos determinados del Año litúrgico.

Estas normas se deben observar no sólo como una forma de respeto a la autoridad litúrgica de la Sede Apostólica, sino sobre todo como expresión de respeto al misterio de Cristo y de coherencia con el espíritu de la Liturgia.

En particular es necesario evitar que las razones que han determinado el traslado de las fechas de algunas fiestas de Santos y Beatos – por ejemplo, de la Cuaresma al Tiempo ordinario -, se relativicen en la praxis pastoral: celebrar en el ámbito litúrgico la fiesta de un Santo según la nueva fecha y continuar celebrándola según la fecha anterior en el ámbito de la piedad popular, no sólo atenta contra la armonía entre Liturgia y piedad popular, sino que da lugar a una duplicidad que produce confusión y desorientación.

miércoles, 28 de enero de 2015

Origen, desarrollo y Teología del culto a los Santos


Antes de nada, debemos recordar que la Iglesia celebra el misterio de Cristo en todos los tiempos del año litúrgico. Las fiestas en honor de los Santos no forman un ciclo litúrgico independiente, ya que en ellos se prolonga y actualiza la Pascua de Cristo en el tiempo. Hasta el punto de que podemos afirmar que manifiestan la eficacia del misterio de Cristo, capaz de transformar en cada generación a hombres «de toda raza lengua pueblo y nación» (Ap 5,9). El catecismo, citando la Sacrosanctum Concilium, recuerda la indisoluble unidad entre las fiestas de los Santos y el misterio pascual de Cristo: «Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los mártires y los demás Santos, “proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él; propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos”» (Catecismo 1173).

Joseph Ratzinger escribió que los Santos son «la verdadera apología del cristianismo, la prueba más persuasiva de su verdad». Después de acceder a la cátedra de Pedro, ha afirmado que su testimonio es la fuerza más convincente del cristianismo: «…más incisiva aún que el arte y la imagen en la comunicación del mensaje evangélico. En definitiva, solo el amor es digno de fe y resulta creíble. La vida de los Santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras». Los ha presentado como una perenne actualización del Evangelio: «Cuando la Iglesia venera a un Santo, anuncia la eficacia del Evangelio y descubre con alegría que la presencia de Cristo en el mundo, creída y adorada en la fe, es capaz de transfigurar la vida del hombre y producir frutos de salvación para toda la humanidad»; y como los mejores intérpretes de la Biblia: «La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua […] Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios».

Normalmente, los libros de liturgia colocan el inicio del culto a los Santos en la veneración antigua hacia los difuntos y, en ambiente cristiano, en la celebración del dies natalis de los mártires (con el sentido de aniversario de su muerte, día de su nacimiento para la vida eterna). Sin embargo, junto con estas realidades, no podemos olvidar que los israelitas, en sus oraciones, hacían memoria de los antepasados justos, a los que consideraban intercesores ante Dios. Lo podemos ver en varios pasajes de la Biblia, como cuando Moisés ora por el pueblo, diciendo: «Acuérdate de Abrahán, Isaac y Jacob, siervos tuyos» (Ex 32,13). También los jóvenes en el horno de fuego, dicen: «No nos retires tu amor, por Abrahán, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu consagrado» (Dn 3,34-35). Y el salmista ora: «Por amor a David, tu siervo, no des la espalda a tu ungido» (Sal 132 [131],10). En polémica con los saduceos, que negaban la resurrección, Jesús mismo citó la Escritura, que pone a los patriarcas por intercesores ante el Altísimo, diciendo: «No es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Finalmente, el Apocalipsis habla del culto de los redimidos ante el trono de Dios: los veinticuatro ancianos (imagen de los 12 padres de las tribus de Israel y de los 12 apóstoles) tenían en sus manos «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los Santos» (Ap 5,8). Estas consideraciones bíblicas nos permiten descubrir que el recuerdo que hacía Israel de sus antepasados, convencidos de que ellos están vivos y de que interceden por su pueblo ante el Señor, es la verdadera raíz del culto cristiano a los Santos.

La fe cristiana en la vida eterna ha dejado numerosas inscripciones en las catacumbas. Se consideraba a los mártires válidos intercesores ante Cristo, porque habían participado plenamente de su Pascua. Por este motivo, muchos se querían enterrar cerca de sus tumbas, convencidos de que los mártires podrían darles una mano en el momento del juicio. El amor hacia los que han testimoniado su fe hasta la muerte no interfiere con la fe en Cristo, único salvador. En sus escritos, numerosos Padres de la Iglesia distinguen claramente entre el culto ofrecido a Cristo y la veneración que se tiene hacia los mártires: «Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor» (Martirio de Policarpo 17,3, citado en Catecismo 975). San Agustín explica que la Iglesia conmemora a los mártires «para animarse a su imitación, participar de sus méritos y ayudarse con sus oraciones, pero nunca dedica altares a los mártires, sino solo en memoria de los mártires. La ofrenda se ofrece a Dios, que coronó a los mártires».

Pronto, a la veneración de los mártires se unió la de los confesores, que habían sufrido persecución a causa de la fe, aunque no llegaron a la muerte violenta. Posteriormente, se añadieron las vírgenes, los monjes y los pastores que se distinguieron en vida por su piedad. La devoción a los Santos se desarrolló extraordinariamente en la Edad Media y en el barroco. La última reforma litúrgica ha conservado en el Martirologio el recuerdo de los numerosos Santos que han enriquecido a la Iglesia a lo largo de su historia. Sin embargo, solo propone con carácter universal la celebración de unos pocos representantes de las distintas épocas, lugares geográficos y estados de vida. Los demás han sido reservados para los calendarios particulares de las Iglesias locales y de las familias religiosas.

Teología del culto a los Santos 

La Iglesia, al canonizar a algunos de sus miembros después de un complejo proceso de verificación, proclama públicamente que han sido fieles a la gracia de Dios, practicando heroicamente las virtudes. De esta manera, «reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella y sostiene la esperanza de los fieles, proponiendo a los Santos como modelos e intercesores» (Catecismo 828). Por eso, el Papa ha llegado a decir que «no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus Santos. La luz sencilla y multiforme de Dios solo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los Santos, que son el verdadero espejo de su luz». La liturgia los llama «los mejores hijos de la Iglesia» (Prefacio del día de Todos los Santos).

Benedicto XVI ha recordado en distintas ocasiones la perenne actualidad de los Santos, que son «signo de la novedad radical que el Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, ha injertado en la naturaleza humana, e insignes testigos de la fe. No son representantes del pasado, sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad». 

Ante todo, los Santos son modelos de vida para los cristianos porque se han identificado con Cristo, cada uno en su propio estado y condición. Los Santos nos recuerdan que todos estamos llamados a vivir en plenitud la vocación bautismal, especialmente mediante la práctica de las bienaventuranzas. Ellos testimonian que el mensaje de Cristo es siempre actual ya que, en distintas épocas y lugares, han sido capaces de encarnar el evangelio y de hacerlo creíble. Santa Teresa
del Niño Jesús dice que el mundo de las almas es como un jardín, en el que cada flor es hermosa y manifiesta a su manera la belleza del Creador. Esto se puede aplicar especialmente a los Santos, que reflejan la luz de Cristo sobre el mundo, como la luna y las estrellas reflejan la única luz del sol, cada una allí donde se encuentra.

Los Santos también son válidos intercesores ante Dios. El Vaticano II reafirmó la fe en la comunión de los Santos, indicando que los que ya están definitivamente unidos a Cristo trabajan para que el resto de la Iglesia alcance la meta prometida: «No cesan de interceder por nosotros ante el Padre. Su fraterna solicitud ayuda mucho a nuestra debilidad» (LG 49). Santa Teresa del Niño Jesús manifestó en diversas ocasiones su conciencia de que pasaría el cielo haciendo el bien en la tierra, de que su misión de salvar almas continuaría después de su muerte. Efectivamente, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace cada vez más cercano a ellos.

Por último, los Santos alimentan la fe en la vida eterna y estimulan la esperanza de alcanzarla. Al reflexionar en su destino, nuestro corazón se ensancha y se alegra por las maravillas que Dios ha reservado para los que le aman. El testimonio de los Santos, que ya gozan la vida eterna nos hace desear esa plenitud de vida para la que fuimos creados y nos hace exclamar, con santa Teresa de Jesús: «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Este aspecto tiene especial importancia en nuestros días, en que se tiende a olvidar esta dimensión fundamental de la fe cristiana. Hasta el punto de que Benedicto XVI se pregunta: «El hombre moderno, ¿espera aún esta vida eterna, o considera que pertenece a una mitología ya superada?». Y responde a continuación: «Para nosotros, los cristianos, “vida eterna” no indica solo una vida que dura para siempre, sino más bien una nueva calidad de existencia, plenamente inmersa en el amor de Dios, que libra del mal y de la muerte. Meditemos en estas realidades con el corazón orientado hacia nuestro último y definitivo destino, que da sentido a las situaciones diarias. Reavivemos el gozoso sentimiento de la comunión de los Santos y dejémonos atraer por ellos hacia la meta de nuestra existencia: el encuentro cara a cara con Dios».